Thursday, July 29, 2021

La Ingobernable Iglesia Católica


Esta es una versión en español de la columna originalmente publicada en inglés en The New York Times, Jul-29-2021 (anque la versión web fue publicada dos días antes), y firmada por Ross Douthat el, así llamado, comentarista ‘conservador’ del diario.

La Ingobernable Iglesia Católica

Ross Douthat


La más reciente decisión drástica del papa Francisco (su orden de derogar la norma que les permitía a los sacerdotes católicos celebrar la misa tradicional en latín) se ajusta a la perfección a una analogía histórica que resulta útil para comprender el dramatismo del contexto actual del catolicismo: me refiero a que la Iglesia, desde los años sesenta, ha revivido la experiencia de Francia después de 1789, con el arco de la revolución y la contrarrevolución encarnado en un papa tras otro.

Quien propuso esta analogía fue un escritor de nombre Arturo Vásquez, tradicionalista católico que se convirtió en un observador desilusionado de la Iglesia y la analizó en un breve ensayo de 2019, en el que exploró a profundidad una idea a la que había hecho referencia Joseph Ratzinger, quien más adelante sería el papa Benedicto XVI. En esta historia, el Concilio Vaticano II de los sesenta y el periodo posterior se comparan con el momento revolucionario inicial: una aparente reconciliación con el liberalismo y la modernidad, los altares desnudos y la liturgia reinventada, así como la batalla subsecuente de distintas facciones por el poder, con aparentes victorias radicales coetáneas con el Termidor parcial de la encíclica del papa Pablo VI que prohibía la anticoncepción artificial.

Por su parte, Juan Pablo II es Napoleón: el forastero (polaco, no corso) que prefiere “gobernar con carisma y juegos de poder geopolítico” y utiliza tanto los símbolos de la revolución como los del régimen previo, en un pontificado que despliega “características de una mentalidad tradicional (piedad mariana, moralidad sexual conservadora, anticomunismo)”, pero también ratifica importantes aspectos de la revolución, en personal, en retórica y en ley canónica.

Luego tenemos a Benedicto XVI, con un espíritu más cercano a la restauración monárquica que sucedió a Napoleón: sus nombramientos son conservadores con más consistencia, su actitud hacia el mundo seglar y su “dictadura de relativismo” es más crítica y combativa, y no solo restaura algunas indumentarias y expresiones, sino también la liturgia preconciliar, aunque no de manera íntegra, sino como opción con la misma validez que la nueva liturgia, como un recordatorio tangible de la fe de antaño.

Y ahora resulta que su sucesor, cuando Benedicto todavía está vivo para verlo, intenta eliminar de nuevo la antigua misa y, de este modo, en un solo acto sintetiza lo que dijo Vásquez sobre que “el papa Francisco es la revolución de 1848 de la Iglesia católica”.

La analogía de 1848 no solo ilustra el papel de Francisco como posible liberador, sus esfuerzos por concretar cambios que se descartaron en las fases napoleónica y de la restauración de la Iglesia, sobre todo cambios a normas eclesiásticas relativas al matrimonio y el divorcio. También pone de manifiesto la manera en que la era de Francisco ha revelado, en gran medida como 1848 lo hizo ante las fuerzas conservadoras del orden en la Europa del siglo XIX, cuán arraigada se encontraba la revolución previa; tanto así, que un papa conservador o tradicionalista no puede regresar al genio a la lámpara con más facilidad que los monárquicos del siglo XIX reimponer un sistema político del siglo XVIII.

Los conservadores pudieron ignorar esta realidad mientras sentían que tenían dominio sobre el Vaticano aunque, según argumenta Vásquez, “la Iglesia real en su gran mayoría coincidía más con el papa Francisco de lo que nunca coincidió con el papa Benedicto XVI o incluso con Juan Pablo II”. Pero ahora que la mayoría tiene un papa a su propia imagen, que ha trastocado o incluso eliminado algunas de las medidas más importantes de sus predecesores, la debilidad del partido conservador ha quedado al descubierto.

Sin embargo, cabe destacar que, más allá de revelar el fracaso de la restauración, 1848 no resolvió en absoluto el futuro de Franca, y ni qué decir de Europa. Más que nada, reveló un panorama político ingobernable para los liberales y los monárquicos por igual y sentó las bases para batallas ideológicas futuras.

De manera parecida, si bien los cambios y derogaciones de la era de Francisco han echado por tierra una narrativa particular que les encanta a los conservadores católicos, conforme a la cual el pontífice romano guía a la Iglesia a través de controversias del periodo moderno tardío con sabiduría casi infalible, ese rompimiento no nos dice dónde estará la Iglesia en 50 o 100 años más. El fracaso de la restauración no es la victoria definitiva de la revolución; tan solo es una señal de incertidumbre total sobre lo que está por venir.

Por ejemplo, cuando señalo que las ideas de Francisco son más cercanas al espíritu del catolicismo de las masas que las de sus predecesores, tampoco quiero decir que el catolicismo de las masas refleje por completo su compleja fusión de nociones de la era de los sesenta, ideología jesuita y perspectivas latinoamericanas sobre la Iglesia, ni mucho menos el catolicismo liberal más detallado de algunos de sus asesores. El punto es que el catolicismo de las masas refleja su espíritu turbulento, impaciente con las convenciones eclesiásticas, su concepción de las enseñanzas de la Iglesia como una zona de enfrentamiento y debate y su idea de un sistema católico descentralizado y experimental, que en conjunto producen una especie particular de ingobernabilidad, con demasiadas fuerzas impetuosas y opuestas a la vez.

La decisión de acabar con la antigua misa es un buen ejemplo. Por una parte, Francisco intenta aprovechar su autoridad centralizada para llevar a término la revolución del Concilio Vaticano II, para dejar definitivamente relegada al pasado una liturgia que en general constituye el núcleo de la resistencia a los cambios conciliares (entre muchas otras cosas, pero la percepción de Francisco de que desempeña ese papel no está errada).

Al mismo tiempo, precisamente porque se ha desarrollado la revolución, quizá su autoridad no tenga fuerza suficiente para lograr este objetivo. La descentralización que anhelan los liberales en cuestiones doctrinales, el impacto decepcionante del escándalo de los abusos sexuales, las dudas en torno a un Vaticano que no deja de cambiar de postura de un pontificado a otro y el papel de internet como punto unificador en contra de la autoridad fastidiosa son factores por los que muchos obispos se resistirán a aplicar las órdenes de Roma y tal vez permitan que se siga celebrando la antigua misa.

Dicho de otra forma, algunas medidas de Francisco han parecido diseñadas para restaurar la Iglesia a su apariencia de 1975, tras la década revolucionaria y antes de Juan Pablo II y Benedicto. Pero la Iglesia de 1975 sí tuvo poder para suspender la misa antigua, al menos por algún tiempo, por la misma razón que la Iglesia de 1975 pudo, por algún tiempo, contener las pruebas de los abusos sexuales cometidos por algunos sacerdotes: todavía conservaba suficiente autoridad de la antigua, además de que la disrupción tecnológica no había llegado de lleno. Por el contrario, en la Iglesia de 2021, algunos periodistas católicos conservadores recién sacaron a la luz la secreta vida sexual de un distinguido monseñor estadounidense que estaba activo en Grindr al mismo tiempo que se encargaba de preparar la política sobre faltas de índole sexual. Sin importar si eres de tendencia teológica de izquierda o de derecha, se trata de disrupción a todos los niveles.

Por si fuera poco, resulta que la analogía de 1848 no se sostiene en otro punto crucial. Las imponentes controversias ideológicas del siglo XIX eran luchas por controlar al Estado moderno, una institución que no solo era fuerte, sino que ganaba cada vez más fuerza, y de cuyo poder y alcance no podían escapar sus opositores. El enfrentamiento por el control del catolicismo es una lucha por una institución que ha sufrido un debilitamiento drástico debido a varias tendencias distintas y de la que las personas se pueden desprender con toda facilidad, sin necesidad de emigrar o siquiera cambiar drásticamente su vida semanal, si se sienten decepcionadas, derrotadas, o solo cansadas.

Esto genera una profunda incertidumbre en cuanto a qué se considera fortaleza a largo plazo dentro de la Iglesia. Los tradicionalistas proclaman que sus misas están a reventar, mientras que muchas parroquias y diócesis modernizadas van en declive, y acusan a Francisco de intentar acabar con un movimiento creciente y en gran medida juvenil. Los liberales responden que quienes asisten a las misas conforme al rito antiguo representan una minoría insignificante en Estados Unidos y Europa, e incluso más minúscula en el contexto de la Iglesia global, además de que todas las historias de actualidad sobre tradicionalistas jóvenes confunden las anécdotas con datos.

Ambas posturas tienen algo de razón. Los liberales están en lo correcto al señalar que no existe ninguna gran oleada tradicionalista entre los católicos comunes y corrientes. Pero también es cierto lo que dicen los tradicionalistas sobre la existencia de un perfil diverso de católicos más jóvenes, en especial sacerdotes, de tendencias tradicionales y que con toda probabilidad ejercerán cada vez más influencia en la Iglesia de 2040, mermada en otros sentidos, si es que fracasa la medida del papa de eliminar la misa.

Es un ejemplo condensado de una tendencia más amplia, en que el catolicismo conservador es más débil de lo que imaginaban los conservadores en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto, pero el catolicismo liberal atraviesa la misma crisis de confianza que sufren las instituciones liberales seglares y le cuesta trabajo transformar la solidaridad y afiliación ligera en franco fervor religioso.

“Encontrar candidatos jóvenes para el sacerdocio”, escribió hace poco un jesuita liberal, el padre Thomas Reese, “que apoyen a Francisco y quieran ser célibes es como buscar unicornios católicos”, una afirmación exagerada, aunque en la dirección correcta. Y esto, a su vez, explica por qué los precintos más liberales del catolicismo, en especial la Iglesia alemana, sienten que Francisco no ha avanzado casi nada hacia una Iglesia menos sacerdotal y más “protestantizada” y que la única manera de lograr en realidad la revolución es seguir avanzando, de 1848 a 1871 o 1917.

En las divisiones de la Iglesia, con presiones hacia los extremos tradicionalista y progresista, tanto los asiduos a la misa en latín como los alemanes de tendencia protestante reconocen que el declive del catolicismo es un hecho. Ambos están convencidos de que la visión del bando contrario acabará con la Iglesia en su intento por salvarla. Ambos tienen sus debilidades y fortalezas muy distintas. El resultado de su batalla, como bien saben los buenos católicos, está predestinado hasta cierto punto. Sin embargo, como nunca antes en mi vida, ni las analogías pasadas ni las tendencias actuales ofrecen gran claridad en cuanto al futuro de la Iglesia, y no hay mayor sabiduría que aceptar sencillamente que “solo Dios sabe”.