Monday, July 19, 2021

“Iglesia cerrada”, el efecto contrario de Traditionis Custodes


La siguiente es la traducción al español de Secretum Meum Mihi de un artículo de Matteo Matzuzzi publicado en Il Foglio, Jul-20-2021 (con adaptaciones).

Iglesia cerrada

Caos después del motu proprio. Obispos divididos, tradicionalistas amenazantes. ¿Y el diálogo? No hay

Matteo Matzuzzi


Roma. Si de verdad el objetivo del motu proprio Traditionis custodes era el de favorecer la unidad de la Iglesia, después de tres días se puede afirmar que el resultado es el opuesto. Como era previsible, después de todo. También porque la adhesión al Concilio Vaticano II impuesta por decreto a los sospechosos no puede funcionar. Tres días en los que, legítimamente y según el articulado del motu proprio papal, obispos de todo el globo han comunicado vía Twitter si algo cambiaría o no en sus respectivas diócesis. Así, si los ultraconservadores dejaron en claro de inmediato que en su casa el Summorum Pontificum se mantiene vigente como está y con todos los permisos del caso, el obispo liberal de Mayagüez (Puerto Rico) no solo prohibió inmediatamente las misas en latín sino —dejándose llevar— también ha prohibido casullas, dalmáticas, birretas y todo ese ajuar antiguo por así decirlo que nadie ha soñado consignar a los museos. Ni el Papa. El cardenal Robert Sarah, no precisamente un advenedizo, ya que hasta hace unos meses era prefecto del Culto divino y la disciplina de los sacramentos, tuiteó amenazadoramente que el 7 de julio de 2007 Benedicto XVI había dicho que “lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser improvisamente totalmente prohibido o incluso perjudicial”. Entonces, ¿qué hacer? ¿Sigue siendo sagrado o debe quedar relegado a los libros de historia? ¿Qué pueden pensar los pobres fieles? En cualquier caso, lo que deriva no es precisamente la imagen de esa unidad tan invocada por Francisco y por quienes elaboraron materialmente el documento que ciertamente no brilla por el espíritu dialogante. Todo lo contrario. Al desplazarse por las disposiciones previstas, es lícita la pregunta: ¿de verdad se busca la unidad? ¿Por qué motivo se impide a los fieles utilizar las parroquias para el rito previsto por Benedicto XVI, cuando las mismas parroquias también se conceden para eventos que de litúrgicos o espirituales poco o nada tienen que ver, como conciertos, recitales, conferencias, debates e incluso oraciones de algún imán? ¿Y a los que quieran rezar según el rito de Pío V, no? Como era de prever, la galaxia tradicionalista está alborotada, hay quienes invocan una especie de guerra santa contra el Vaticano, quienes juran que se refugiarán con los lefebvrianos de Ecône, quienes se autodenominan mártires y aún quien asegura oraciones por el Pontífice reinante. El problema es, una vez más, el Vaticano II: es cierto que en algunas realidades —especialmente las estadounidenses— sedevacantistas, anticonciliaristas y sectarios se esconden detrás de la pantalla de la misa en vetus ordo. Sin embargo, igualmente cierto es que este no es el caso en todo el mundo. Eran dos los caminos que enfrentaba el Papa: dialogar e intentar arreglar o imponer manu militari una declaración de fidelidad. A diferencia de lo que sucedía en una época, se eligió la segunda vía. Con todo lo que vendrá después. Quizás, lectura alternativa, se ha buscado la claridad. Ya no es momento de negociaciones y vacilaciones: se obedece. Los fieles al rito antiguo son de hecho marginados en nombre de la obra de rescate de sectores no alineados y —en algunos casos— opositores internos a la Iglesia conciliar. Cuesta creer que una disposición como la publicada el viernes devolverá la calma a una Iglesia que abre nuevos frentes un día sí y al siguiente también: el Sínodo alemán, los muros de Estados Unidos, China, los procesos con los cardenales investigados. Faltaba solo la misa en latín.