Sunday, April 30, 2017

Religión a baja intensidad


Esta es la versión en español de la columna de Sandro Magister en L'Espresso, Abr-30-2017 (con algunas adaptaciones).

Religión a baja intensidad

Sandro Magister

Los diagnósticos más actualizados del fenómeno religioso en Occidente convergen al definirlo "de baja intensidad". Líquido, sin dogmas, sin autoridades vinculantes. Muy visible, pero irrelevante en la escena pública.

También el catolicismo está siguiendo este modelo. Y el pontificado de Francisco se adapta espectacularmente a esta nueva fenomenología, tanto en sus éxitos como en sus límites.

Como buen jesuita, Jorge Mario Bergoglio instintivamente favorece los signos de los tiempos. Ni siquiera intenta detener la creciente diversificación existente dentro de la Iglesia. Más bien al contrario, la anima.

No responde a los cardenales que le someten los "dubia" y le piden que clarifique.

Deja que se difundan las opiniones más temerarias, como las del nuevo general de los jesuitas, el venezolano Arturo Sosa Abascal, según el cual no se puede saber qué dijo exactamente Jesús "porque no había grabadoras".

Y él mismo las dice, sin temor a causar el tambaleo de los artículos fundamentales del Credo.

El pasado 17 de marzo, en una audiencia en el Palacio Apostólico, para explicar qué entiende él por "unidad en la diferencia", dijo que "también dentro de la Santísima Trinidad todos están peleándose a puerta cerrada, mientras que fuera la imagen es de unidad".

El 19 de abril, en una audiencia general la plaza de San Pedro, dijo que la muerte de Jesús es un hecho histórico, pero que su resurrección no lo es; es sólo un acto de fe.

El 4 de abril, en una homilía en Santa Marta, dijo que Jesús, en la cruz, "se hizo diablo, serpiente".

Y estas son sólo las últimas de una serie, no pequeña, de frases osadas que, sin embargo, resbalan como agua sobre el mármol, que no tienen ningún efecto en la pública opinión, católica o no, para la que este Papa sigue siendo popular también porque dice de todo, y con toda tranquilidad.

Luca Diotallevi, uno de los más diligentes sociólogos de la religión, ha individuado diversas similitudes entre el pontificado de Francisco y el fenómeno Donald Trump, entre ellos el común resentimiento contra el establishment.

Quien sufre las consecuencias es la curia romana, sobre todo la congregación para la doctrina de la fe, que actualmente es la sombra de lo que era, cuando vigilaba sobre la más mínima palabra que salía de la pluma o de los labios de un Papa. Francisco la ignora totalmente.

También han desaparecido los episcopados nacionales, empezando por la conferencia episcopal italiana, antes poderosa y ahora aniquilada.

La metamorfosis de este catolicismo "de baja intensidad" es clamorosamente evidente en la escena política. Los Estados Unidos e Italia son dos ejemplos de ello.

En ambos países, los católicos tienen una mayor presencia numérica, también en los vértices del país, respecto al pasado. En los Estados Unidos son católicos el vicepresidente, Mike Pence, y el jefe de estrategia política de Trump, Steve Bannon. Son católicos cinco de los nueve jueces del tribunal supremo, como también el 38 por ciento de los gobernadores. Son católicos el 31,4 por ciento de los miembros del congreso, diez puntos más que los ciudadanos adultos de todo el país.

Sin embargo, a pesar de este fuerte presencia de los católicos en política, los principios irrenunciables de la Iglesia en materia de divorcio, aborto, eutanasia y homosexualidad no inciden con igual fuerza sobre las leyes. Al contrario, cada vez se alejan más.

En Italia pasa lo mismo. Los últimos primeros ministros, desde Mario Monti a Enrico Letta, Matteo Renzi o Paolo Gentiloni, son todos católicos practicantes, como lo es también el actual presidente de la república, Sergio Mattarella. Y son católicos un gran número de los miembros del gobierno y de los diputados de todos los partidos.

Pero la influencia de la Iglesia en campo político actualmente es casi nula, como demuestran las leyes sobre las uniones homosexuales y el final de la vida.

Hace tiempo que no existe un "catolicismo político" del nivel de un don Sturzo o un De Gasperi. Pero también hay un Papa cuya voluntad deliberada es evitar que él o la Iglesia se impliquen en compromisos de alta intensidad sobre cuestiones políticas que dividen las conciencias. Y también por esto es tan popular.