Wednesday, March 08, 2017

“¿Es el Papa anti Trump?”, artículo en español de The New York Times


Esta es una versión en español del artículo primero aparecido en inglés el pasado Domingo en The New York Times, y al cual nos referimos anteriormente.

¿Es el Papa anti Trump?

Uno surgió de un cónclave en crisis; el otro fue elegido después de la campaña más extraña de la historia contemporánea de Estados Unidos. Los dos han subvertido las tradiciones y recurren a canales inusuales para hablar sobre las inquietudes de las personas comunes. Donald Trump y Jorge Mario Bergoglio, el presidente de Estados Unidos y el papa de la Iglesia católica, son los populistas más famosos del mundo. Y están en conflicto.

Para entender por qué el papa Francisco se ha convertido en el estandarte de la resistencia mundial contra Trump, hay que considerar su aparición del 17 de febrero en Roma en un campus universitario, donde Nour Essa, una estudiante siria, le hizo una pregunta.

El pontífice la conoce bien. La suya es una de tres familias, todas musulmanas, que el pontífice trajo consigo luego de su visita a un campo de refugiados en Lesbos, Grecia. Ha ayudado a decenas de refugiados a construir una nueva vida en Italia. Dos familias incluso viven en el Vaticano, cuyos altos muros actualmente no concuerdan con la visión papal que critica las fronteras.

En el patio de la universidad Roma Tre, donde Essa fue becada para estudiar Biología, ella le pidió a Francisco que respondiera a los europeos que creen que los migrantes son una amenaza para la cultura cristiana del continente. La migración no es un peligro, sino un reto, un incentivo para el crecimiento que ha expandido la cultura europea en lugar de debilitarla, le dijo.

“Cuando hay esta bienvenida, este acompañamiento, esta integración, no hay peligro en la inmigración”, dijo el papa. “Se recibe una cultura y se ofrece otra. Esa es mi respuesta al miedo”.

El populismo del papa no tiene como propósito la popularidad —algo que no necesita, pues es más popular que cualquier otro político— sino la proximidad. Este es un pontífice al que le gusta acercarse.

Mientras las fronteras en Europa se hacen más rígidas y los movimientos nativistas aseguran su lugar en las elecciones, esas valientes afirmaciones humanitarias universales, respaldadas por acciones, han hecho que sea un constructor de puentes en esta era de edificación de muros. Sus comentarios son importantes porque anticipó la actual crisis política mucho antes de que sucediera.

“En momentos de crisis, no funciona el discernimiento”, le dijo en enero al periódico español El País, por los días de la posesión presidencial de Trump. “Discernimiento” es una palabra importante para el papa; es clave para su espiritualidad jesuita. En este caso se refería a la capacidad de detectar los “movimientos espirituales” —la presencia del bien y el mal— en los eventos. En tiempos de crisis, esa capacidad desaparece y prevalecen la proyección, los chivos expiatorios y la histeria. Francisco dio el ejemplo de Hitler y señaló que fue elegido por un pueblo al que luego destruyó.

Según el papa, los políticos populistas prometen “regresarnos nuestra identidad y defendernos con muros y alambres”. En febrero le envió una carta a los líderes comunales de Modesto, California, en la que criticaba a los políticos que se apoyan en “la manipulación del miedo, la inseguridad, las peleas, incluso la justa indignación de la gente y transfieren la responsabilidad de todos los males a un ‘no prójimo’”.

El papa Francisco y el presidente Trump proporcionan un rico material de contraste. Uno es, a pesar de sus debilidades, un líder espiritual de una madurez extraordinaria; el otro, dejando a un lado sus fortalezas, es un narcisista petulante y puntilloso. Uno es un célibe que vive en la simpleza y la austeridad, abrazando a los discapacitados y los enfermos; el otro es un hombre con fobia a los gérmenes que se ha casado tres veces y vivía en una torre dorada desde la cual se burlaba de los débiles.

Sin embargo, los dos populistas más exitosos del mundo tienen más en común de lo que se suele reconocer. Pensemos, por ejemplo, en su extraordinaria capacidad para conectarse con la gente, sobrepasando los métodos tradicionales; su desafío a las convenciones, incluso su iconoclasia; o su placer al retar a las élites existentes a favor del pueblo. Ambos se fortalecen con la oposición, incluso si responden a ella de manera diferente: Trump lo hace al menospreciar y vociferar en contra de sus críticos; Francisco nunca lo hace directamente, sino sutilmente y con comentarios agudos.

Políticamente también comparten quejas en contra de la globalización. En un sentido amplio, ambos son nacionalistas. Cuando Stephen Bannon, el jefe de estrategia de la Casa Blanca, dice que Estados Unidos “no es solo una economía en un mercado global con fronteras abiertas”, sino más bien “una nación con una cultura y una razón de ser”, no está diciendo algo que Francisco no haya expresado con frecuencia.

El papa no es un liberal. Nació en Argentina, donde lo moldeó un movimiento de nacionalismo continental católico que buscaba la justicia social y la soberanía económica como la clave para un mejor futuro en América Latina. Creció en la época del peronismo y sin duda recibió su influencia del movimiento comunitario que en las décadas de 1940 y 1950 reunió el apoyo de la clase trabajadora y la clase media baja en contra de las instituciones sociales, y que basaba su política en los valores religiosos y nacionalistas de los argentinos comunes.

Aunque después cayó en la autocracia, en sus inicios Juan Domingo Perón encarnaba lo que Francisco considera el propósito del arte de gobernar: creó empleos, integró a los excluidos (le otorgó el voto a las mujeres) y construyó un consenso en torno a ciertos valores fundamentales.

A lo largo de su papado, Francisco ha criticado la falta de ese propósito elevado en los gobiernos tecnócratas liberales de Europa y América que han dominado desde la década de 1980. Condena la forma en que los principios políticos se han remplazado por una lógica de mercado, así como el modo en que los gobiernos han fracasado en la defensa de los intereses y valores de la gente de a pie.

Hablando ante jesuitas en Roma el pasado octubre, lamentó la pérdida de la “gran política”, el arte de crear unidad de la diversidad y aquello que llama una “cultura del encuentro”, una sociedad que integre a todos en oposición a una “cultura del descarte”, en la que se aparta a los pobres y los indeseables.

Esto enfrenta al papa con el trumpismo de diversas maneras. Su encíclica sobre el medioambiente, Laudato Si, contiene una contundente acusación a la política guiada por los resultados inmediatos y a la manera en la que los gobiernos miman al electorado en detrimento de sus intereses a largo plazo. En ella, condena que la política esté controlada por la economía, así como a los políticos que prometen más crecimiento a pesar de que los modelos actuales de consumo y producción están destruyendo el planeta. Se trata de una pieza dura, fruto de una mente que ha pasado décadas involucrada en estas cuestiones.

Con los estudiantes de Roma Tre, el papa aplicó el famoso concepto del sociólogo Zygmunt Bauman de “modernidad líquida” a la economía de Occidente. ¿Por qué en los países desarrollados hay niveles tan altos de desempleo juvenil?, preguntó, y añadió que la “economía líquida” lleva a los jóvenes sin trabajo a las adicciones, al suicidio o al terrorismo. En oposición a su metáfora de lo líquido, propone una “economía social” que invierta en las personas y les otorgue acceso a la propiedad y las oportunidades al expandir el trabajo.

Igualmente condenable para el papa es la sociedad líquida, en la que los lazos familiares y comunitarios son sustituidos por una ideología de ‘yo primero’. Francisco, como muchos pontífices que lo antecedieron, desea una sociedad civil vigorosa que le haga rendir cuentas tanto al Estado como al mercado.

Puesto que tanto el papa como el presidente de Estados Unidos son críticos de la globalización neoliberal que debilita los lazos locales y beneficia a las élites educadas a expensas del hombre común, la oposición de sus visiones es muy impresionante.

La respuesta de Trump y Bannon consiste en avivar las heridas del resentimiento popular para luego prometer alivio a través de muros, aranceles más altos, restricciones a la entrada de migrantes y el desmantelamiento del Estado para liberar las energías del capitalismo popular. Fundamentan este plan en un compromiso de alimentar y promover una cultura que definen como blanca y cristiana y enmarcan a las élites globales de los medios como “enemigos del pueblo estadounidense” y a los musulmanes y otros extranjeros como terroristas potenciales que desdibujan o amenazan a esa cultura.

Francisco percibe la ola de desempleo y migración como parte de la misma crisis global producida por el capitalismo deshumanizante. Cuando le habla a los trabajadores, les pide no ver a los migrantes como sus rivales, sino como víctimas de la economía líquida y propone que se unan en una causa común.

También los ayuda a actuar. Sin decir mucho, en los últimos cuatro años, Francisco ha apoyado y ha guiado a una asociación global de “trabajadores excluidos”, como recolectores de basura y jornaleros migrantes, y se ha convertido en su líder visible. En las reuniones de estos “movimientos populares” —dos están ubicados en el Vaticano, uno en Santa Cruz, Bolivia, y recientemente en Modesto— constantemente enfatiza que el cambio profundo y duradero se dará cuando los marginados se unan y creen instituciones sociales fuertes que profundicen los lazos de confianza y solidaridad.

“Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza”, dijo ante los asistentes del segundo encuentro, celebrado en Bolivia en 2015. “Me atrevo a decirles”, añadió, “que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de ‘las tres tes’ (trabajo, techo y tierra), ¿de acuerdo? Y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!”.

En el futuro posneoliberal de Francisco, los pobres del mundo trabajan con la Iglesia y las organizaciones de la sociedad civil para crear una economía al servicio del florecimiento de la humanidad, mientras convocan a los Estados a recibir con solidaridad a los migrantes. En el futuro posneoliberal de Trump, los antiguos presidentes de empresas, los directivos millonarios de fondos de inversión y los magnates de los bienes raíces desmantelan al Estado para que el capitalismo sea aún más líquido pero usan al Estado para hacer más rígidas las fronteras.

Dicho eso, el punto central de las desavenencias entre el papa y Trump es, en última instancia, religioso. Bannon cree que la Iglesia católica debe ser rescatada de manos de Francisco, a quien ve como parte de la élite global (una descripción que, sin duda, sorprendería al propio papa). El ideólogo principal de Trump ha formado una curiosa alianza con el crítico acérrimo de Francisco, Raymond Burke, un cardenal estadounidense radicado en Roma, fundada en su convicción compartida de que la “cultura cristiana” se encuentra en una rivalidad a muerte con el islam: la tesis de Samuel Huntington, que comparte el Estado Islámico, de un constante “choque de civilizaciones”.

El actual pontífice aborrece esta idea y la rechaza cada vez que puede. La religión, que es universal (puesto que Dios lo es), nunca puede quedar capturada por una cultura nacional; la religión verdadera nunca puede ser la causa del terrorismo y la violencia. Para Francisco, cualquier fundamentalismo —ya sea cristiano, musulmán o nativista— es ateísmo y toda la violencia en nombre de la religión es simplemente un absurdo (esto es a lo que se refería cuando sorprendió a muchos católicos al describir el asesinato de un sacerdote francés, Jacques Hamel, a manos de simpatizantes del Estado Islámico en julio del año pasado, como “violencia absurda”).

Para el papa una nación cristiana que defiende su fe al alejar a los necesitados no la está protegiendo, la está envenenando; ser fiel al cristianismo requiere ver a todos como iguales, a todos como criaturas de Dios, sean quienes sean y crean en lo que crean. Cuando los periodistas descubrieron que los doce refugiados de Lesbos que viajaron con el papa eran musulmanes, le preguntaron por qué los escogió.

“No hice una elección religiosa entre cristianos y musulmanes”, respondió. “Estas tres familias tenían sus documentos en orden. Había, por ejemplo, dos familias cristianas sin ellos. No se trata de un privilegio. Los doce son hijos de Dios. Ser hijo de Dios es el privilegio”.