Saturday, January 14, 2017

“No se puede traicionar la conciencia”, Card. Caffarra habla sobre las Dubia


Que nosotros sepamos, es la primera vez que habla el card. Carlo Caffarra, uno de los cuatro cardenales que firma las ahora famosas Dubia (dudas) dirigidas a Francisco pidiéndole que aclare ciertos aspectos confusos generados por Amoris Lætitia. De hecho, fue él mismo quien personalmente se las entregó al Pontífice en sus propias manos (ver aquí). Y ha hablado para Il Foglio, el cual publica hoy un artículo basado en sus declaraciones.

Aquí traducimos una amplia porción de las expresiones (no todas) que en el artículo aparecen atribuidas al card. Caffarra.

“Creo que debe aclararse varias cosas. La carta –y las dudas anexas— fue largamente reflexionada, por meses, y largamente discutida entre nosotros. Por cuanto a mí respecta, se rezó también largamente frente al Santísimo Sacramento”.

“Éramos conscientes de que el gesto que estábamos cumpliendo era muy serio. Nuestras preocupaciones eran dos. La primera era no escandalizar a los pequeños en la fe. Para nosotros pastores, esto es un deber fundamental. La segunda preocupación era que ninguna persona, creyente o no creyente, pudiera encontrar en la carta expresiones que ni de lejos parecieran siquiera como una mínima falta de respeto hacia el Papa. El texto final, por lo tanto, es el fruto de varias revisiones: textos revisados, rechazados, corregidos”.

“¿Qué nos llevó a este gesto? Una consideración de carácter general -estructural y una carácter contingente-coyuntural. Empecemos con la primera. Existe para nosotros cardenales el grave deber de aconsejar al Papa en el gobierno de la Iglesia. Es un deber, y los deberes obligan. De carácter más contingente, sin embargo, es el hecho —que sólo un ciego puede negar— que en la Iglesia existe una gran confusión, incertidumbre, inseguridad causada por algunos párrafos de Amoris Laetitia. Durante estos meses está ocurriendo que sobre las mismas cuestiones fundamentales referentes a la economía sacramental (el matrimonio, la confesión y la Eucaristía) y a la vida cristiana, algunos obispos han dicho A, otros han dicho lo contrario de A. Con la intención de interpretar bien los mismos textos”.

“[E]sto es un hecho, innegable, porque los hechos son tozudos, como decía David Hume. La vía de salida de este conflicto de interpretaciones era el recurso a criterios interpretativos teológicos fundamentales, usando los cuales pienso que se pueda razonablemente mostrar que Amoris Laetitia no contradice Familiaris consortio. Personalmente, en encuentros públicos con laicos y sacerdotes he siempre seguido esta vía”.

“Nos dimos cuenta que este modelo epistemológico no era suficiente. El contraste entre estas dos interpretaciones continuaba. Sólo había un modo de tratar con ello: preguntar al autor del texto interpretado de dos maneras contradictorias cuál es la interpretación correcta. No hay otra vía. Se puso, a continuación, el problema del modo en el cual dirigirse al Pontífice. Hemos elegido una vía muy tradicional en la Iglesia, las así llamadas, dubia”.

“Porque se trataba de un instrumento que, en el caso de que según su soberano juicio el Santo Padre hubiera querido responder, no lo comprometía en respuestas elaboradas y largas. Debía sólo responder Sí o No. Y remitir, como a menudo los Papas han hecho, a autores probados (en jerga: probati auctores) o pedir a la [Congregación para la] Doctrina de la fe emitir una declaración conjunta con la cual explicar el Sí o el No. Parecía la forma más simple. La otra cuestión que se plantea es si hacerlo en privado o en público. Razonamos y convinimos en que sería una falta de respeto hacerlo público todo de inmediato. Así se hizo en modo privado, y sólo cuando tuvimos la certeza de que el Santo Padre no respondería, hemos decidido publicar”.

“Hemos interpretado el silencio como una autorización para proseguir la confrontación teológica. Y, por otra parte, el problema involucra profundamente tanto el magisterio de los obispos (que, no lo olvidemos, lo ejercitan no por delegación del Papa, sino en virtud del sacramento que han recibido), como la vida de los fieles. Los unos y los otros tienen el derecho a saber. Muchos fieles y sacerdotes estaban diciendo, ‘pero ustedes cardenales en una situación como esta tienen la obligación de intervenir con el Santo Padre. ¿Para qué otra cosa diferente existen si no es para ayudar al Papa en cuestiones así de graves?’. Comenzaba a abrirse camino al escándalo de muchos fieles, como si nos comportáramos como los perros que no ladran de los que habla el Profeta. Esto es lo que está detrás de esas dos páginas”.

“Algunas personas siguen diciendo que no somos obedientes al Magisterio del Papa. Es falso y calumnioso. Justo porque no queremos ser indóciles hemos escrito al Papa. Yo puedo ser dócil al magisterio del Papa si sé lo que el Papa enseña en materia de fe y de vida cristiana. Pero el problema es exactamente esto: que sobre los puntos fundamentales no se entienden bien lo que el Papa enseña, como lo demuestra el conflicto de interpretación entre los obispos. Queremos ser dóciles al magisterio del Papa, pero el magisterio del Papa debe ser claro. Ninguno de nosotros ha querido obligar al Santo Padre a responder: en la carta hemos hablado acerca del juicio soberano. Simplemente y respetuosamente hemos hecho preguntas. Finalmente no merecen atención las acusaciones de que queremos dividir la Iglesia. La división, ya existente en la Iglesia, es la causa de la carta, no su efecto. Cosas en lugar indignas dentro de la Iglesia son, en un contexto como este sobre todo, los insultos y las amenazas de sanciones canónicas”.

[Sobre la premisa contenida en la carta de los 4 cardenales que acompaña las Dubia, la cual habla de “una gran confusión respecto a cuestiones muy importantes para la vida de la Iglesia”. N. de T.]

“He recibido la carta de un párroco que es una fotografía perfecta de lo que está sucediendo. Me escribía: ‘En la dirección espiritual y en la confesión no sé qué más decir. Al penitente que me dice: Yo vivo para todos los efectos como marido con una mujer que es divorciada y ahora la Eucaristía se me cierra, le sugiero un camino, con el fin de corregir esta situación, Pero el penitente me detiene e inmediatamente responde: espere, padre, el Papa ha dicho que puedo recibir la Eucaristía, sin tener el propósito de vivir en continencia. Ya no puedo soportar más esta situación. La Iglesia me puede pedir cualquier cosa, pero no traicionar mi conciencia. Y mi conciencia hace objeción a una supuesta enseñanza pontificia de admitir a la Eucaristía, dadas ciertas circunstancias, a los que viven more uxorio sin estar casados’ Así escribía el párroco. La situación de muchos pastores de almas, me refiero sobre todo a los párrocos es esta: se encuentran en los hombros con una carga que no son capaces de llevar. Es esto en lo que pienso cuando hablo de gran confusión. Y hablo de los párrocos, pero muchos fieles permanecen aún más confundidos. Estamos hablando de cuestiones que no son secundarias. No se está discutiendo si el pescado rompe o no rompe la abstinencia. Se trata de cuestiones gravísimas para la vida de la Iglesia y para la salvación eterna de los fieles. No olvidemos nunca: esta es la ley suprema de la Iglesia, la salvación eterna de los fieles. No hay otras preocupaciones. Jesús fundó su Iglesia para que los fieles que tenga la vida eterna, y la tengan en abundancia”.

“Haría dos premisas muy importantes. Pensar en una práctica pastoral no fundada y arraigada en la doctrina significa fundar y radicar la praxis pastoral de la arbitrariedad. Una iglesia con poca atención a la doctrina ya no es más una Iglesia pastoral, sino es una Iglesia más ignorante. La Verdad de la que hablamos no es una verdad formal, sino una Verdad que da la salvación eterna: Veritas salutaris, en términos teológicos. Me explico. Existe una verdad formal. Por ejemplo, quiero saber si el río más largo del mundo es el rio Amazonas o el Nilo. Resulta que es el río Amazonas. Esta es una verdad formal. Formal significa que este conocimiento no tiene nada que ver con mi manera de ser libre. Incluso si la respuesta fuera todo lo contrario, no cambiaría nada en mi manera de ser libre. Pero hay verdades que llamo existenciales. Si bien es cierto —como Sócrates ya había enseñado— que es mejor sufrir la injusticia antes que hacerla, enuncio una verdad que hace que mi libertad actúe de manera muy diferente que si fuera verdad lo contrario. Cuando la Iglesia habla de verdad, habla de la verdad del segundo tipo, la cual, si es obedecida por la libertad, genera la verdadera vida. Cuando escucho decir que es sólo un cambio pastoral y no doctrinal, o si se piensa que el mandamiento que prohíbe el adulterio es una ley puramente positiva que se puede cambiar (y yo creo que ninguna persona recta puede pensar en esto), o significa admitir que en general el triángulo sí tiene tres lados, o que existe la posibilidad de construir uno con cuatro lados. Es decir, digo una cosa absurda. Ya los medievales, después de todo, decían: theoria sine praxi, currus sine axi; praxis sine theoria, caecus in via”.

“El gran tema de la evolución de la doctrina, que siempre ha acompañado el pensamiento cristiano. Y que sabemos ha sido retomado de forma esplendida por el Beato John Henry Newman. Si hay un punto claro es que no hay evolución en la que haya contradicción. Si yo digo que s es p y después digo que s no es P, la segunda proposición no desarrolla la primera sino que la contradice. Ya Aristóteles había justamente enseñado que enunciar una proposición universal afirmativa (por ejemplo, todo adulterio está mal), y el al mismo tiempo una proposición particular negativa que contenga el mismo sujeto y predicado (por ejemplo, algún adulterio no está mal), no hay ninguna excepción a la primera. La contradice. Al final, si quisiera definir la lógica de la vida cristiana, usaría la expresión de Kierkegaard: Moverse siempre, permaneciendo siempre firme en el mismo punto’”

“[El problema] es ver si los famosos párrafos N°s 300-305 de Amoris Laetitia y la famosa nota N° 351 están o no están en contradicción con el magisterio precedente de los Pontífices que han afrontado la misma cuestión. Según muchos obispos, está en contradicción. Según muchos otros obispos, no se trata de una contradicción, sino un desarrollo. Y es por esto que hemos pedido una respuesta a la Papa”.

“El problema en su nodo es el siguiente... ¿El ministro de la Eucaristía (usualmente el sacerdote) puede dar la Eucaristía a una persona que vive more uxorio con una mujer o un hombre que no es su esposa o su marido, y no tienen la intención de vivir en continencia? Las respuestas son sólo dos: Sí o No. Ninguno pone en tela de juicio que Familiaris consortio, Sacramentum unitatis, el Código de Derecho Canónico y el Catecismo de la Iglesia Católica a la antedicha pregunta responden No. Un No válido mientras el fiel no tenga la intención de abandonar el estado de convivencia more uxorio. ¿Amoris Laetitia ha enseñado que, dadas ciertas circunstancias precisas y hecho un cierto camino, los fieles pueden acercarse a la Eucaristía sin comprometerse a la continencia? Hay obispos que han enseñado que se puede. Por una simple cuestión de lógica, se debe entonces también enseñar que el adulterio no es en sí mismo y por sí mismo malo. No es pertinente apelar a la ignorancia o al error sobre la indisolubilidad del matrimonio: un hecho desgraciadamente muy difundido. Esta apelación tiene un valor interpretativo, no orientativo. Debe ser usado como un método para discernir la imputabilidad de las acciones ya realizadas, pero no puede ser el principio para las acciones por cumplirse. El sacerdote tiene el deber de iluminar al ignorante y corregir al que se equivoca”.

"Sin embargo, lo que en lugar Amoris Laetitia ha traido de nuevo sobre tal cuestión, es el llamado a los pastores de almas a que no se conformen con responder No (sin embargo, no conformarse significa responder Sí), sino llevar a la persona de la mano y ayudarla a que crezca hasta el punto de que entienda que se encuentra en una condición tal que no pueden recibir la Eucaristía, si no cesa en la intimidad propia de los esposos. Pero no es que el sacerdote pueda decir ‘lo ayudo en su camino dándole también los sacramentos’. Y es sobre esto que en la nota número 351 el texto es ambiguo. Si yo le digo a la persona que no puede tener relaciones sexuales con quien no es su marido o su esposa, pero que mientras tanto, ya que hace tanto esfuerzo, puede tener ... sólo una en lugar de tres por semana, no tiene sentido, y no uso de misericordia con esta persona. Porque para poner fin a un comportamiento habitual —un habitus, dirían los teólogos— usted tiene que tener el firme propósito de no ejercitar más ningún acto propio de aquel comportamiento. En el bien existe un progreso, pero entre el dejar el mal e iniciar a cumplir el bien, no existe una elección instantánea, aunque sea largamente preparada. Por un cierto tiempo Agustín oró: Señor, dame la castidad, pero todavía no’”.

“Aquí está en cuestión lo que enseña Veritatis splendor. Esta encíclica (6 de agosto de 1993) es un documento altamente doctrinal, en las intenciones del Papa San Juan Pablo II, hasta el punto que —cosa excepcional ya en las encíclicas— está dirigida sólo a los obispos en cuanto responsable de la fe que se debe creer y vivir (cf. nº 5). A ellos, al final, el Papa recomienda estar vigilantes sobre las doctrinas condenadas o enseñadas por la misma encíclica. Las unas para que no se difundan en la comunidad cristiana, las otras para que sean enseñadas (cfr. n 116). Una de las enseñanzas fundamentales del documento es que hay actos que pueden, por sí mismos y en sí mismos, independientemente de las circunstancias en las que se realizan y los alcances que el agente se proponga, ser calificados de deshonestos. Y añade que negar este hecho puede comportar negar el sentido del martirio (cfr. nn. 90-94). Cada mártir, de hecho,... podría haber dicho: ‘Pero yo me encuentro en una circunstancia... en una tal situación por la que el grave deber de profesar mi fe, o de afirmar la inviolabilidad de un bien moral, ya no me obliga más’. Si se piensa en las dificultades que la esposa de Tomás Moro ponía a su marido ya condenado a prisión: ‘Usted tiene deberes para con la familia, para con sus hijos’. No es, por tanto, sólo un discurso de fe. Incluso si uso la recta razón, veo que negando la existencia de actos intrínsecamente deshonestos, niego que exista un límite más allá del cual los poderosos de este mundo no puedan y no deban ir. Sócrates fue el primero en occidente en entender esto. Por lo tanto, la cuestión es grave, y esto no se puede dejar en incertidumbre. Por esto nos permitimos pedir al Papa que aclarare, ya que hay obispos que parecen negar tal hecho, refiriéndose a Amoris Laetitia. De hecho, el adulterio siempre ha vuelto a entrar en los actos intrínsecamente malos. Basta leer lo que en este sentido dice Jesús, san Pablo y los mandamientos dados a Moisés por el Señor”.

“Aquí hay una gran confusión Todos los pecados y las opciones intrínsecamente deshonestas pueden ser perdonados. Con que ‘intrínsecamente deshonesto’ no significa ‘imperdonable’. Jesús, sin embargo, no se contenta con decir adultera: ‘Ni yo te condeno’. También le dice: ‘Ve, y de ahora en adelante no peques más’ (Jn. 8,10). Santo Tomás, inspirado por San Agustín, hace un comentario bellísimo, cuando escribe que él pudo haber dicho: Vete y vive como quieras y está segura de mi perdón. A pesar de todos tus pecados, te liberaré de los tormentos del infierno. Pero el Señor que no ama la culpa y no promueve el pecado, condena la culpa... diciendo: y de ahora en adelante no peques más. Aparece así cuán tierno es el Señor en su misericordia y justo en su Verdad’ (cfr. Comm. a Jn. 1139). Realmente somos, no por una forma de hablar, libres delante del Señor. Por lo que el Señor no echa atrás su perdón. Debe haber un matrimonio maravilloso y misterioso entre la infinita misericordia de Dios y la libertad del hombre, que se debe convertir si quiere ser perdonado”.