Friday, June 24, 2016

Francisco contesta tres preguntas en la apertura del Congreso Eclesial de la Diócesis de Roma, publicado texto en español

Hace una semana nos referimos a ello, destacando uno de las frases pronunciadas por el Pontífice mientras respondía tres preguntas durante la apertura del Congreso Eclesial de la Diócesis de Roma, la cual notamos claramente mal traducida en la versión escrita proporcionada por la Oficina de Prensa vaticana, y de la cual se nos dijo fue corregida por el mismo Francisco antes de ser publicada.

Pues bien, la versión en español ya ha sido publicada, es la misma que figura en la edición semanal en español del periódico L'Osservatore Romano, Jun-24-2016. Aquí las tres preguntas como aparecen en dicha versión, acompañadas cada una del respectivo video original en italiano.




Pregunta:

En la exhortación Evangelii gaudium, usted dice que el gran problema de hoy es el «individualismo cómodo y avaro», y en Amoris laetitia dice que hay que crear redes de relaciones entre las familias. Usa una expresión que en italiano suena incluso un poco mal: «la familia ampliada». Es necesaria una revolución de la ternura. También nosotros sentimos el virus del individualismo en nuestras comunidades. Necesitamos ayuda para crear esta red de relaciones entre las familias, capaz de romper la cerrazón y de volver a encontrarse.

Respuesta:

Es verdad que el individualismo es como el eje de esta cultura. Y este individualismo tiene muchos nombres, muchos nombres de raíz egoísta: se buscan siempre a sí mismo, no miran al otro, no miran a las demás familias... Se llega, a veces, a verdaderas crueldades pastorales. Por ejemplo, hablo de una situación que conocí cuando estaba en Buenos Aires: en una diócesis cercana, algunos párrocos no querían bautizar a los niños de las madres solteras. ¡Pero mira! Cómo si fuesen animales. Y esto es individualismo. «No, nosotros somos los perfectos, este es el camino...». Es un individualismo que busca también el placer, es hedonista. Diría una palabra un poco fuerte, pero la digo entre comillas: ese «maldito bienestar» que nos ha hecho tanto mal. El bienestar. Hoy en día, Italia cuenta con una disminución terrible de nacimientos: está, creo, bajo cero. Pero esto comenzó con aquella cultura del bienestar, desde hace algunas décadas... Conocí a muchas familias que preferían —pero, por favor, no me acuséis los animalistas, porque no quiero ofender a nadie— tener dos o tres gatos, un perro, en lugar de un hijo. Porque tener un hijo no es fácil, y, luego, sacarle adelante... El desafío más grande con un hijo es el hecho de que tú formas a una persona que llegará a ser libre. El perro, el gato, te darán afecto, pero un afecto «programado», hasta un cierto punto, no libre. Tú tienes uno, dos, tres, cuatro hijos, que serán libres, y tendrán que ir por la vida con los riesgos de la vida. Este es el desafío que da miedo: la libertad. Y volvemos al individualismo: yo creo que nosotros tenemos miedo a la libertad. También en la pastoral: «Pero, ¿qué se dirá si hago esto?... Y, ¿se puede?...». Y tiene miedo. Pero tú tienes miedo: ¡arriésgate! En el momento en que estás allí, y tienes que decidir, ¡arriésgate! Si te equivocas, está el confesor, está el obispo, ¡pero arriésgate! Es como aquel fariseo: la pastoral de las manos limpias, todo limpio, todo en su sitio, todo hermoso. Pero fuera de este ambiente, cuánta miseria, cuánto dolor, cuánta pobreza, cuánta falta de oportunidad de desarrollo. Es un individualismo hedonista, es un individualismo que tiene miedo a la libertad. Es un individualismo —no sé si la gramática italiana lo permite— diría «que te enjaula»: te enajula, no te deja volar libre. Y luego, sí, la familia ampliada. Es verdad, es una palabra que no siempre suena bien, pero según las culturas; la Exhortación la escribí en español... He conocido, por ejemplo, familias...

Precisamente el otro día, hace una o dos semanas, vino a presentar las credenciales el embajador de un país. Estaba el embajador, la familia y la señora que hacía la limpieza en su casa desde hacía muchos años: esta es una familia ampliada. Y esta mujer era de la familia: una mujer sola, y no sólo le pagaban bien, le pagaban según la ley, y cuando tuvieron que ir a presentar las credenciales al Papa: «tú vienes con nosotros, porque tú eres de la familia». Es un ejemplo. Esto es dar espacio a la gente. Y entre la gente sencilla, con la simplicidad del Evangelio, esa sencillez buena, hay ejemplos así, de ampliar la familia...

Y luego, la otra palabra-clave que tú has dicho, además del individualismo, del miedo a la libertad y del apego al placer, tú has dicho otra palabra: la ternura. Es la caricia de Dios, la ternura. Una vez, en un Sínodo, surgió esto: «Tenemos que hacer la revolución de la ternura». Y algunos padres —hace años— dijeron: «Pero no se puede decir esto, no suena bien». Pero hoy lo podemos decir: falta ternura, falta ternura. Acariciar no sólo a los niños, a los enfermos, acariciar todo, a los pecadores... Y hay buenos ejemplos, de ternura... La ternura es un lenguaje válido para los más pequeños, para los que nada tienen: un niño conoce al papá y a la mamá por las caricias, luego la voz, pero es siempre la ternura. A mí me gusta escuchar cuando el papá o la mamá hablan al niño que empieza a hablar, también el papá y la mamá se hacen niños, [repite las palabras] hablan así... Todos lo hemos visto, es verdad. Esta es la ternura. Es abajarse al nivel del otro. Es el camino que hizo Jesús. Jesús no consideró un privilegio ser Dios: se abajó (cf. Flp 2, 6-7). Y habló nuestra lengua, habló con nuestros gestos. Y el camino de Jesús es el camino de la ternura. Esto, el hedonismo, el miedo a la libertad, esto es precisamente individualismo contemporáneo. Hay que salir a través del camino de la ternura, de la escucha, del acompañar, sin preguntar... Sí, con este lenguaje, con esta actitud las familias crecen: está la pequeña familia, luego la gran familia de los amigos o de los que vienen... No sé si he respondido, pero me parece que sí, me salió así.




Pregunta:

Nosotros sabemos que como comunidades cristianas no queremos renunciar a las exigencias radicales del Evangelio de la familia. ¿Cómo evitar que en nuestras comunidades surja una doble moral, una exigente y una permisiva, una rigorista y una laxista?

Respuesta:

Ambas no son la verdad: ni el rigorismo ni el laxismo son la verdad. El Evangelio elige otro camino. Por esto, aquellas cuatro palabras —acoger, acompañar, integrar, discernir— sin meter la nariz en la vida moral de la gente. Para vuestra tranquilidad, tengo que deciros que todo lo que está escrito en la Exhortación —y retomo las palabras de un gran teólogo que fue secretario de la Congregación para la doctrina de la fe, el cardenal Schönborn, que la presentó— todo es tomista, desde el inicio hasta el final. Es la doctrina segura. Pero nosotros queremos, muchas veces, que la doctrina segura tenga esa seguridad matemática que no existe, ni con el laxismo, de manga ancha, ni con la rigidez. Pensemos en Jesús: la historia es la misma, se repite. Jesús, cuando hablaba a la gente, la gente decía: «Este habla no como nuestros doctores de la ley, habla como uno que tiene autoridad» (cf. Mc 1, 22). Esos doctores conocían la ley, y para cada caso tenían una ley específica, para llegar al final a unos 600 preceptos. Todo calculado, todo. Y el Señor —la ira de Dios yo la veo en el capítulo 23 de Mateo, es terrible ese capítulo— a mí me impresiona, sobre todo, cuando habla del cuarto mandamiento y dice: «Vosotros, que en lugar de dar de comer a vuestros padres ancianos, les decís: “No, hice la promesa, es mejor el altar que vosotros”, os contradecís» (cf. Mc 7, 10-13). Jesús era así, y fue condenado por odio, le ponían siempre trampas delante: «¿Se puede hacer esto o no se puede?». Pensemos en la escena de la adúltera (cf. Jn 8, 1-11). Está escrito: debe ser lapidada. Es la moral. Es clara. Y no rígida, esta no es rígida, es una moral clara. Debe ser lapidada. ¿Por qué? Por la sacralidad del matrimonio, de la fidelidad. Jesús en esto es claro. La palabra es adulterio. Es claro. Y Jesús finge haciéndose pasar por tonto, deja pasar el tiempo, escribe en la tierra... Y luego dice: «Comenzad: el primero de vosotros que no tenga pecado, que tire la primera piedra». Jesús, en ese caso, no cumple la ley. Se marcharon todos, comenzando por los más ancianos. «Mujer, ¿nadie te ha condenado? Tampoco yo te condeno. La moral, ¿cuál es? Era lapidarla. Pero Jesús no cumple la ley, no cumple con la moral. Esto nos hace pensar que no se puede hablar de «rigidez», de «seguridad», de ser matemático en la moral, como la moral del Evangelio.

Luego, continuamos con las mujeres: cuando aquella señora o señorita [la Samaritana, cf. Jn 4, 1-27], no sé lo que era, comenzó a comportarse un poco como la «catequista» y a decir: «¿Hay que adorar a Dios en este monte o en aquel otro?...». Jesús le había dicho: «¿Y tu marido?...» —«No tengo marido». —«Has dicho la verdad». Y, en efecto, ella tenía muchas medallas de adulterio, muchas «condecoraciones»... Sin embargo, fue ella la primera en ser perdonada, fue la «apóstol» de Samaría. Y, entonces, ¿qué hay que hacer? Vayamos al Evangelio, vayamos a Jesús. Esto no significa tirar el agua sucia junto con el niño, no, no. Esto significa buscar la verdad; y que la moral es un acto de amor, siempre: amor a Dios, amor al prójimo. Es también un acto que deja espacio a la conversión del otro, no condena inmediatamente, deja espacio.

Una vez —hay muchos sacerdotes aquí, pero disculpadme— mi predecesor, no, el otro, el cardenal Aramburu, que murió después, cuando fui nombrado arzobispo me dio un consejo: «Cuando veas que un sacerdote vacila un poco, que está poco firme, tú llámalo y dile: “Hablemos un poco, me han dicho que tú estás en esta situación, casi de doble vida, no lo sé...”; y verás que ese sacerdote comienza a decir: “No, no es verdad, no...”; tú interrúmpelo y dile: “Escúchame: vete a casa, piénsalo, y vuelve dentro de quince días, y volvemos a hablar”; y en esos quince días ese sacerdote —así me decía él— tenía tiempo de pensar, de repensar ante Jesús y volver: repensar ante Jesús y volver: “Sí, es verdad. ¡Ayúdeme!”». Siempre se necesita tiempo. «Pero, padre, ese sacerdote ha vivido, y ha celebrado la misa, en pecado mortal en esos quince días, eso dice la moral, ¿qué dice usted?». ¿Qué es mejor? ¿Qué ha sido lo mejor? Que el obispo haya tenido esa generosidad de darle quince días para que lo vuelva a pensar, con el riesgo de celebrar la misa en pecado mortal, ¿es mejor esto o lo otro, la moral rígida?

Y respecto a la moral rígida, os contaré un hecho que he vivido. Cuando nosotros estábamos en teología, el examen para escuchar las Confesiones —«ad audiendas», se llamaba— se hacía en tercer año, pero nosotros, los de segundo, teníamos el permiso de estar presente para prepararnos; y una vez, a un compañero nuestro le propusieron un caso, de una persona que va a confesarse, pero un caso muy complicado, respecto al séptimo mandamiento, «de justitia et jure». Se trataba precisamente de un caso muy irreal..., y este compañero, que era una persona normal, dijo al profesor: «Pero, padre, esto en la vida real no se ve». —«Sí, pero está en los libros». Esto lo he visto yo.




Pregunta:

Dónde sea que vayamos, hoy escuchamos hablar de crisis del matrimonio. Y, entonces, le quería preguntar: ¿en qué debemos poner el acento hoy para educar a los jóvenes al amor, de modo particular al matrimonio sacramental, superando sus resistencias, su escepticismo, las disilusiones, el miedo a lo definitivo?

Respuesta:

Tomo la última palabra: nosotros vivimos también una cultura de lo provisional. A un obispo, he oído decir, hace algunos meses, se le presentó un joven que había acabado los estudios universitarios, un buen joven, y le dijo: «Quiero ser sacerdote, pero por diez años». Es la cultura de lo provisional. Y esto sucede por doquier, también en la vida sacerdotal, en la vida religiosa. Lo provisional. Y por esto una parte de nuestros matrimonios sacramentales son nulos, porque ellos [los esposos] dicen: «Sí, para toda la vida», pero no saben lo que dicen, porque tienen otra cultura. Lo dicen, y tienen buena voluntad, pero no son conscientes. Una señora, en una ocasión, en Buenos Aires, me regañó: «Vosotros sacerdotes sois listos, porque para ser sacerdotes estudiáis ocho años, y luego si las cosas no funcionan y el sacerdote encuentra una chica que le gusta... al final le dais el permiso de casarse y formar una familia. Y a nosotros laicos, que debemos recibir el sacramento indisoluble para toda la vida, nos hacen participar en cuatro encuentros, y esto para toda la vida». Para mí, uno de los problemas es este: la preparación al matrimonio.

Y luego la cuestión está muy relacionada con el hecho social. Recuerdo, llamé —aquí en Italia, el año pasado— a un joven que había conocido hace tiempo en Ciampino, y se casaba. Lo llamé y le dije: «Me dijo tu madre que te casarás el mes que viene... ¿Dónde te casas?...». –«Todavía no lo sabemos, porque estamos buscando la iglesia que se adapte al vestido de mi novia... Y luego tenemos que hacer muchas cosas: los detallitos de boda, y también buscar un restaurante que no esté lejos...». ¡Estas son las preocupaciones! Un acontecimiento social. ¿Cómo cambiar esto? No lo sé. Un acontecimiento social en Buenos Aires: yo prohibí celebrar matrimonios religiosos, en Buenos Aires, en los casos que nosotros llamamos «matrimonios de apuro», matrimonios «con prisa» [reparadores], cuando hay un niño en camino. Ahora están cambiando las cosas, pero lo que sucede es esto: socialmente debe estar todo en regla, llega el niño, celebramos el matrimonio. Yo prohibí hacer esto, porque no son libres, ¡no son libres! Tal vez se aman. Y he visto casos hermosos, en los cuales, después de dos o tres años, se casaron, y he visto entrar en la iglesia al papá, la mamá y al niño de la mano. Pero sabían bien lo que hacían. La crisis del matrimonio es porque no se sabe lo que es el sacramento, la belleza del sacramento: no se sabe que es indisoluble, no se sabe que es para toda la vida. Es difícil.

Otra experiencia que he tenido en Buenos Aires: los párrocos, cuando hacían los cursos de preparación, había siempre 12-13 parejas, no más, y así no llegaban a 30 personas. La primera pregunta que hacían: «¿Cuántos de vosotros conviven?». La mayor parte levantaba la mano. Prefieren convivir, y esto es un desafío, requiere un trabajo. No decir en primer lugar: «¿Por qué no te casas por la Iglesia?». No. Acompañarlos: esperar y hacer madurar. Y hacer madurar la fidelidad.

En la zona de campo argentina, en la parte del Noreste, hay una superstición: que los novios tienen el hijo, conviven. En el campo sucede esto. Luego, cuando el hijo tiene que ir a la escuela, hacen el matrimonio civil. Y luego, cuando son abuelos, hacen el matrimonio religioso. Es una superstición, porque dicen que hacer en primer lugar el matrimonio religioso asusta al marido. Tenemos que luchar también contra estas supersticiones. Sin embargo, digo de verdad que he visto mucha fidelidad en estas convivencias, mucha fidelidad; y estoy seguro que este es un matrimonio verdadero, tienen la gracia del matrimonio, precisamente por la fidelidad que se tienen.

Pero existen supersticiones locales. La pastoral del matrimonio es la pastoral más difícil.

Y luego, la paz en la familia. No sólo cuando discuten entre ellos, y el consejo es siempre no terminar el día sin hacer las paces, porque la guerra fría del día después es peor. Es peor, sí, es peor. Incluso cuando se mezclan los parientes, los suegros, porque no es fácil ser suegro o suegra. No es fácil. He oído una cosa hermosa, que les gustará a las mujeres: cuando una mujer se entera por la ecografía que está embarazada de un niño, desde ese momento comienza a estudiar para convertirse en suegra.

Vuelvo a hablar en serio: la preparación al matrimonio, se debe hacer con la cercanía, sin asustarse, lentamente. Es un camino de conversión, muchas veces. Hay chicos y chicas que tienen una pureza, un amor grande y saben lo que hacen. Pero son pocos. La cultura de hoy nos presenta a estos jóvenes, que son buenos, y debemos acercarnos y acompañarlos, acompañarlos, hasta el momento de la madurez. Y allí, que celebren el sacramento, pero con gozo, gozosos. Se necesita mucha paciencia, mucha paciencia. Es la misma paciencia que hay que tener para la pastoral de las vocaciones. Escuchar las mismas cosas, escuchar: el apostolado del oído, escuchar, acompañar... No asustarse, por favor, no asustarse. No sé si he respondido, pero te hablo de mi experiencia, de lo que he vivido como párroco.

[Al final, después del canto de la Salve Regina]

¡Muchas gracias y rezad por mí!