Friday, January 22, 2016

«Los cristianos obstinados en el “siempre se ha hecho así”,...pecan», meditación de Francisco en la Misa diaria de la Casa Santa Marta

La siguiente es la síntesis en español de la homilía de Francisco durante la Misa diaria en la Casa Santa Marta, Ene-18-2015 (en el Vaticano le dicen “meditación”), contenida en L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, Ene-22-2016, pág. 11. Inicialmente publicada en la edición diaria en italiano del mismo periódico, Ene-16-2016. pág. 8.

Odres nuevos

El cristiano que se esconde detrás del «siempre se ha hecho así...» comete pecado, convirtiéndose en idólatra y rebelde y viviendo una «vida parcheada, a medias», porque cierra su corazón a las «novedades del Espíritu Santo». El Papa Francisco, en la misa celebrada el lunes 18 de enero por la mañana en la capilla de la Casa Santa Marta, invitó a dejar espacio a las «sorpresas de Dios» y a liberarse de las «costumbres».

En la primera lectura, tomada del primer libro de Samuel (15, 16-23), «hemos escuchado —señaló el Papa— como el rey Saúl es rechazado por Dios por no obedecerle: el Señor le dijo que iba a vencer la batalla, en la guerra y que debía exterminarlo todo». Pero Saúl «no obedeció».

«Cuando el profeta reprochó a Saúl esto y después lo rechazó en nombre de Dios ccer omo rey de Israel, él —continua el pasaje— ofrece una explicación: “El pueblo ha dejado con vida lo más selecto de las ovejas y las vacas, para ofrecerlo en sacrificio al Señor”».

«Es una cosa buena hacer un sacrificio —explicó Francisco— pero el Señor había ordenado, había dado el mandato de hacer otra cosa». Y entonces Samuel dice a Saúl: «¿Le complacen al Señor los sacrificios y holocaustos tanto como obedecer su voz?». Por lo tanto, afirmó el Papa «la obediencia va más allá» y supera también las palabras de justificación de Saúl: «He escuchado al pueblo y el pueblo me ha dicho: ¡siempre se ha hecho así! Las cosas de más valor se ofrecerán al Señor, tanto en el templo como para los sacrificios. ¡Siempre se ha hecho así!».

De esta forma «el rey que quería cambiar este “siempre se ha hecho así...”, dijo a Samuel: “Tuve miedo del pueblo”». Saúl «tuvo miedo» y por esto «dejó que la vida continuase contra la voluntad del Señor». El mismo comportamiento —prosi guió el Papa refiriéndose al pasaje litúrgico de san Marcos (2, 18-22)— nos lo enseña Jesús en el Evangelio, cuando los doctores de la ley le reprochan que lo discípulos no ayunasen: “Siempre se ha hecho así, ¿por qué los tuyos no ayunan?”. Y Jesús respondió con este principio de vida: “Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza del manto —lo nuevo de los viejo— y deja un roto peor. Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque el vino revienta los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos».

En esencia, afirmó Francisco, «¿qué significa esto: que cambia la ley? ¡No!». Significa, más bien, que «la ley está al servicio del hombre, que está al servicio de Dios, y para esto el hombre tiene que tener el corazón abierto». La actitud de los que dicen: «Siempre se ha hecho así ...» en realidad nace de «un corazón cerrado». En cambio, «Jesús nos dijo: “Voy a enviar al Espíritu Santo y él os conducirá a la verdad plena”». Por lo tanto, «si tú tienes el corazón cerrado a la novedad del Espíritu, nunca llegarás a la verdad plena». Y «tu vida cristiana será una vida a medias, parcheada, remendada de cosas nuevas, pero sobre una estructura que no está abierta a la voz del Señor: un corazón cerrado, porque no eres capaz de cambiar los odres».

Precisamente «esto —explicó el Pontífice— fue el pecado del rey Saúl, por el cual fue rechazado». Y también es «el pecado de muchos cristianos que se aferran a lo que siempre se ha hecho y no dejan cambiar los odres». Terminando así por vivir «una vida a medias, parcheada, remendada, sin sentido».

Pero «¿por qué sucede esto? ¿por qué es tan grave? ¿por qué el Señor rechaza a Saúl y luego elije a otro rey?». La respuesta la da Samuel cuando «explica lo que es un corazón cerrado, un corazón que no escucha la voz del Señor, que no está abierto a la novedad del Señor, al Espíritu que siempre nos sorprende». Quien tiene un corazón así, dice Samuel, «es un pecador». Se lee en el pasaje bíblico: «Sí, el pecado de adivinación es la rebeldía, es culpa y terafim —es decir idolatría— la obstinación». De aquí que, afirmó Francisco, «los cristianos obstinados en el “siempre se ha hecho así, este es el camino, este es la vía”, pecan: pecan de adivinación»: es «como si fuesen al quiromante». Así que al final resulta «más importante aquello que se dijo y que no cambia; lo que siento —dentro de mí y de mi corazón cerrado— que la palabra del Señor». Y esto «es también pecado de idolatría: la obstinación. El cristiano que se obstina, peca, peca de idolatría».

Frente a esta verdad, la pregunta que debemos hacernos es: «¿Cuál es el camino?». Francisco sugirió «abrir el corazón al Espíritu Santo, discernir cuál es la voluntad de Dios». Es verdad que «siempre, después de las batallas, el pueblo tomaba todo para los sacrificios al Señor, también para su propia beneficio, incluso las joyas para el templo ». Y «era costumbre en la época de Jesús, que los buenos israelitas ayunaran». Pero, explicó, «hay otra realidad: está el Espíritu Santo que nos conduce a la verdad plena». Pero «para esto necesita de corazones abiertos, corazones que no se obstinan en el pecado de la idolatría de sí mismos», que consideran que «es más importante lo que pienso» que «la sorpresa del Espíritu Santo».

Y «esto —comentó el Papa— es el mensaje que hoy nos da la Iglesia; y que Jesús dice con tanta fuerza: “¡Vino nuevo en odres nuevos!”». Porque, repitió, «ante las novedades del Espíritu, ante las sorpresas de Dios, también las costumbres deben renovarse». Antes de continuar la celebración, Francisco dijo que espera «que el Señor nos dé la gracia de un corazón abierto, un corazón abierto a la voz del Espíritu, que sepa discernir lo que nunca debe cambiar, porque es fundamento, de aquello que tiene que cambiar para poder recibir la novedad del Espíritu Santo».