Friday, July 24, 2015

Nadie en el Vaticano sabe todo lo que Francisco hace, “ni siquiera su secretario personal”


Cuando decimos ‘nadie’, queremos decir ‘nadie’; lo afirma confuso el Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, P. Federico Lombardi. Se lee en el artículo central de National Geographic —a la que ahora le dicen sólo ‘NatGeo’— de Agosto de 2015, el cual está dedicado a Francisco, bajo el título “¿Cambiará el Papa al Vaticano o el Vaticano cambiará al Papa?”.

No podemos reproducir todo el artículo, pero destacamos este aparte en donde se lee la afirmación con la que dimos título a esta entrada.

Cuando Federico Wals, quien había pasado varios años como asistente de prensa de Jorge Bergoglio, viajó el año pasado de Buenos Aires a Roma para ver al papa, visitó primero al padre Federico Lombardi, funcionario de comunicaciones del Vaticano durante muchos años, cuyo trabajo es análogo al que solía realizar Wals, aunque en este caso estuviéramos hablando de una escala mucho mayor. “Entonces, padre –preguntó el argentino–, ¿cómo se siente acerca de mi ex jefe?”.

Forzando una sonrisa, Lombardi respondió: “Confuso”.

Federico Lombardi había fungido como vocero de Benedicto XVI –anteriormente conocido como Joseph Ratzinger–, un hombre de precisión germánica. Después de reunirse con un líder mundial, el antiguo papa habría aparecido y recitado de un tirón un resumen incisivo, comentó Lombardi, con palpable añoranza: “Era increíble. Benedicto era tan claro. Habría dicho: ‘Hemos hablado de estas cosas, estoy de acuerdo con estospuntos, argumentaría contra estos otros, el objetivo para nuestra siguiente reunión será este’. Dos minutos y me quedaba absolutamente claro cuál era el contenido. Con Francisco: ‘Este es un hombre sabio; ha tenido estas experiencias interesantes’”.

Riéndose entre dientes, con algo de impotencia, Lombardi agrega: “Para Francisco, la diplomacia no tiene mucho que ver con la estrategia, más bien: ‘Me reuní con esta persona, ahora tenemos una relación personal, hagamos ahora el bien para la gente y para la Iglesia’”.

El vocero del papa desarrolla la nueva ética del Vaticano sentado en una pequeña sala de conferencias en el edificio de Radio Vaticano, a tiro de piedra del río Tíber. Lombardi lleva puesto un arrugado atuendo de sacerdote que combina con su expresión de fatigado desconcierto. Apenas ayer, comenta, el papa acogió una reunión de 40 dirigentes judíos en Casa Santa Marta, y la oficina del Vaticano se enteró de ella solo después del hecho. “Nadie sabe todo lo que está haciendo –comenta Lombardi–. Ni siquiera su secretario personal. Tengo que llamar a varios; alguien conoce una parte de su programa, otro más conoce otra”.

El jefe de comunicaciones del Vaticano se encoge de hombros y comenta: “Esta es la vida”.

La vida era totalmente distinta con Benedicto XVI, un erudito cerebral que escribió libros teológicos durante sus ocho años como pontífice, y con Juan Pablo II, un actor de teatro preparado y lingüista consumado, cuyo papado duró casi 27 años. Ambos hombres eran guardianes formales de la ortodoxia papal. El espectáculo de este nuevo papa, con su reloj de plástico y abultados zapatos ortopédicos, que toma su desayuno en la cafetería del Vaticano, ha requerido cierto tiempo para acostumbrarse, al igual que a su sentido del humor, en definitiva informal, como ilustra la siguiente anécdota. Después de recibir la visita en Casa Santa Marta de un viejo amigo y colega argentino, el arzobispo Claudio María Celli, Francisco insistió en acompañar a su huésped al elevador.

“¿Por qué lo haces? –preguntó Celli bromeando–. ¿Así te aseguras de que me vaya?”.

Y en el mismo tono, el papa replicó: “Y así puedo asegurarme de que no te lleves nada”.