Sunday, June 29, 2014

Entrevista de Francisco con Il Messaggero


Ya lo saben Uds., y dicho por el propio Pontífice: “Verdaderamente no concedo entrevistas, pero porque no sé, no puedo, es así. No me resulta fácil hacerlo”. Pues el Pontífice que no concede entrevistas se ha sobrepuesto —de nuevo— y ha concedido una entrevista nueva a otro medio de comunicación, en esta ocasión cupo el turno a Il Messaggero, Jun-29-2014.

Esta es una traducción de la misma que proporciona Aleteia.

La entrevista. El anatema del Papa Francisco sobre política, corrupción y pedofilia
Un freno a la deriva moral

Franca Giansoldati

La cita es en Santa Marta, por la tarde. Una rápida comprobación y un guardia suizo me hace acomodar en una pequeña salita. Todo en perfecto orden, el mármol enlucido, algún cuadro. Podría ser una sala de aspecto parroquial, una donde se va para pedir un consejo o para hacer los documentos matrimoniales. Francisco entra sonriendo: “¡Finalmente! Yo la leo y ahora la conozco”. Me pongo colorada. “Yo en cambio le conozco y ahora le escucho”. Se ríe. Se ríe a gusto el Papa, como hará otras veces en esa hora y pico de conversación sin tapujos. Roma con sus problemas de megápolis, la época de cambios que debilitan la política, la dificultad al defender el bien común; la reapropiación por parte de la Iglesia de los temas de la pobreza y de la solidaridad (“Marx no inventó nada”), el lamento ante la degradación de las periferias del alma, el resbaloso abismo moral en el que se abusa de la infancia, se tolera la mendicidad, el trabajo infantil y, no en último lugar, la explotación de las baby prostitutas de ni siquiera quince años. Y clientes que podrían ser sus abuelos; “pedófilos”: el Papa los define precisamente así. Francisco habla, explica, se interrumpe, vuelve. Pasión, dulzura, ironía. Un hilo de voz, parece acunar las palabras. Las manos acompañan el razonamiento, las entrelaza, las suelta, parecen diseñar geometrías invisibles en el aire. Está en magnífica forma a pesar de los rumores sobre su salud.

Es hora del partido Italia-Uruguay. Santo Padre, ¿usted a quien apoya?

Ah, yo por nadie, de verdad. Prometí a la presidenta de Brasil (Dilma Roussef ndr) permanecer neutral.

¿Empezamos por Roma?

Pero ¿sabe que yo no conozco Roma? Piense que la Capilla Sixtina la vi por primera vez cuando tomé parte en el conclave que eligió a Benedicto XVI (2005 ndr). Ni siquiera he estado en los museos. El hecho es que como cardenal no venía mucho. Conozco Santa María la Mayor porque iba siempre allí. Y después a San Lorenzo Extramuros adonde fui para las confirmaciones cuando estaba don Giacomo Tantardini. Obviamente conozco la Piazza Navona porque siempre me alojaba en via della Scrofa, allí detrás.

¿Hay algo de romano en el argentino Bergoglio?

Poco y nada. Yo soy más piamontés, esas son las raíces originales de mi familia. Pero estoy empezando a sentirme romano. Quiero ir a visitar el territorio, las parroquias. Estoy descubriendo poco a poco esta ciudad. Es una metrópolis bellísima, única, con los problemas de las grandes metrópolis. Una ciudad pequeña posee una estructura casi univoca, una metrópolis, en cambio, comprende siete u ocho ciudades imaginarias superpuestas, a varios niveles. También a nivel cultural. Pienso por ejemplo en las tribus urbanas de los jóvenes. Es así en todas las metrópolis. En noviembre haremos en Barcelona un congreso dedicado precisamente a la pastoral de las metrópolis. En Argentina se han promovido intercambios con México. Se descubren muchas culturas entrecruzadas, pero no tanto a causa de las migraciones, sino porque se trata de territorios culturales transversales, hechos de pertenencias propias. Ciudades en la ciudad. La Iglesia debe saber responder también a este fenómeno.

¿Por qué usted, desde el principio, ha querido subrayar tanto la función del Obispo de Roma?

El primer servicio de Francisco es este: ejercer de obispo de Roma. Todos los títulos del Papa, Pastor universal, Vicario de Cristo etc, los tiene precisamente porque es Obispo de Roma. Es la elección primaria. La consecuencia del primado de Pedro. Si mañana el Papa quisiera ser obispo de Tivoli, esta claro que me echarían.

Hace cuarenta años, con Pablo VI, el Vicariato promovió el congreso sobre los problemas de Roma. Surgió el cuadro de una ciudad en la que quien tenía mucho, tenía lo mejor, y quien tenía poco, lo peor. Hoy, en su opinión, ¿cuáles son los males de esta ciudad?

Son los de las metrópolis, como Buenos Aires. Quien aumenta los beneficios, y quien es cada vez más pobre. No sabía de ese congreso sobre los problemas de Roma. Son cuestiones muy romanas, y yo entonces tenía 38 años. Soy el primer Papa que no ha tomado parte en el Concilio y el primero que ha estudiado la teología después del Concilio y, en ese tiempo, para nosotros la gran luz era Pablo VI. Para mi la Evangelii Nuntiandi sigue siendo un documento pastoral nunca superado.

¿Existe una jerarquía de valores que respetar en la gestión de la cosa pública?

Cierto. Tutelar siempre el bien común. La vocación para cualquier político es esta. Un concepto amplio que incluye, por ejemplo, la custodia de la vida humana, su dignidad. Pablo VI solía decir que la misión de la política es una de las formas más altas de caridad. Hoy el problema de la política – no hablo solo de Italia sino de todos los países, el problema es mundial – es que se ha desvalorizado, arruinada por la corrupción, por el fenómeno de las comisiones. Me viene a la mente un documento que publicaron los obispos franceses hace 15 años. Era una carta pastoral que se titulaba: Rehabilitar la política, y afrontaba precisamente este argumento. Si no hay servicio en la base, tampoco se puede entender la identidad de la política.

Usted ha dicho que la corrupción huele a podrido. Ha dicho que la corrupción social es fruto de un corazón enfermo y no sólo de condiciones externas. No habría corrupción sin corazones corrompidos. El corrupto no tiene amigos sino idiotas útiles. ¿Nos lo explica mejor?

Hablé dos días seguidos de este argumento porque comentaba la lectura de la Viña de Nabot. A mi me gusta hablar de las lecturas del día. El primer día afronté la fenomenología de la corrupción, el segundo día de cómo acaban los corruptos. El corrupto, en todo caso, no tiene amigos, sólo tiene cómplices.

Según usted ¿se habla tanto de la corrupción porque los mass media insisten demasiado en el argumento, o porque de hecho se trata efectivamente se trata de un mal endémico y grave?

No, por desgracia es un fenómeno mundial. Hay jefes de Estado en la cárcel precisamente por eso. Me he preguntado mucho, y he llegado a la conclusión de que muchos males aumentan sobre todo durante los cambios de época. Estamos viviendo no tanto en una época de cambios, sino en un cambio de época. Y por tanto se trata de un cambio de cultura; precisamente en esta fase emergen cosas de este tipo. El cambio de época alimenta la decadencia moral, no solo en la política, sino en la vida financiera o social.

Tampoco los cristianos parecen brillar por su testimonio...

Es el ambiente el que facilita la corrupción. No digo que todos sean corruptos, pero creo que es difícil permanecer honrado en la política. Hablo de todo el mundo, no de Italia. Pienso también en otros casos. A veces hay personas que querrían hacer las cosas claras, pero se encuentran en dificultad y es como si fueran fagocitadas por un fenómeno endémico, a varios niveles, transversal. No porque sea la naturaleza de la política, sino porque en un cambio de época las presiones hacia una cierta deriva moral se hacen más fuertes.

¿A usted le asusta más la pobreza moral o material de una ciudad?

Me asustan ambas. A un hambriento, por ejemplo, puedo ayudarlo a que no tenga más hambre, pero si ha perdido el trabajo y no encuentra ocupación, tiene que ver con otra pobreza. Ya no tiene dignidad. Quizás pueda ir a Caritas y traerse a casa un paquete de comida, pero experimenta una pobreza gravísima que arruina el corazón. Un obispo auxiliar de Roma me ha contado que muchas personas van a los comedores y a escondidas, llenos de vergüenza, se llevan a casa comida. Su dignidad se ve progresivamente depauperada, viven en un estado de postración.

Por las calles consulares de Roma se ven chicas de apenas 14 años a menudo obligadas a prostituirse ante la indiferencia general, mientras que en el metro se asiste a la mendicidad de los niños. ¿La Iglesia es aún levadura? ¿Se siente impotente como obispo a esta degradación moral?

Siento dolor. Siento enorme dolor. La explotación de los niños me hace sufrir. También en Argentina es lo mismo. Para algunos trabajos manuales se usan niños porque tienen las manos más pequeñas. Pero los niños son también explotados sexualmente, en hoteles. Una vez me advirtieron que en una calle de Buenos Aires había niñas prostitutas de 12 años. Me informé y efectivamente era así. Me hizo daño. Pero aún más ver que se paraban autos de gran cilindrada conducidos por ancianos. Podían ser sus abuelos. Hacían subir a la niña y le pagaban 15 pesos que después servían para comprar los deshechos de la droga, el “paquete". Para mi estas personas que hacen esto a las niñas son pedófilos. Sucede también en Roma. La Ciudad eterna que debería ser un faro en el mundo es espejo de la degradación moral de la sociedad. Pienso que son problemas que se resuelven con una buena política social.

¿Qué puede hacer la política?

Responder de forma clara. Por ejemplo con servicios sociales que sigan a las familias para entender, acompañándolas para salir de situaciones duras. El fenómeno indica una deficiencia de servicio social en la sociedad.

Pero la Iglesia está trabajando muchísimo...

Y debe seguir haciéndolo. Hay que ayudar a las familias en dificultad, un trabajo en aumento que impone el esfuerzo común.

En Roma cada vez más jóvenes no van a la Iglesia, no bautizan a los hijos, no saben siquiera hacer el signo de la cruz. ¿Qué estrategia hace falta para invertir esta tendencia?

La Iglesia debe salir a las calles, buscar a la gente, ir a las casas, visitar a las familias, ir a las periferias. Nos ser una iglesia que sólo recibe, sino que ofrece.

Y los párrocos no deben poner bigudíes a las ovejas...

(Ríe) Obviamente. Estamos en un momento de misión desde hace una decena de años. Debemos insistir.

¿Le preocupa la cultura de la denatalidad en Italia?

Pienso que hay que trabajar más por el bien común de la infancia. Formar una familia es una tarea grande, a veces no es suficiente el sueldo, no se llega a fin de mes. Se tiene miedo a perder el trabajo o a no poder pagar el alquiler. La política social no ayuda. Italia tiene una tasa bajísima de natalidad, España lo mismo. Francia va un poco mejor pero la tasa también es baja. Es como si Europa se hubiera cansado de ser mamá, prefiriendo ser abuela. Mucho depende de la crisis económica y no solo de una deriva cultural marcada por el egoísmo y el hedonismo. El otro día leía una estadística sobre los criterios de gasto de la población a nivel mundial. Después de la alimentación, vestidos y medicinas, tres elementos necesarios, siguen la cosmética y los gastos para los animales domésticos.

¿Cuentan más los animales que nos niños?

Se trata de otro fenómeno de degradación cultural. Esto porque la relación afectiva con los animales es más fácil, más programable. Un animal no es libre, mientras que tener un hijo es algo complicado.

¿El Evangelio habla más a los pobres o a los ricos para que se conviertan?

La pobreza está en el centro del Evangelio. No se puede entender el Evangelio sin entender la pobreza real, teniendo en cuenta que existe también una pobreza bellísima del espíritu: ser pobre ante Dios porque Dios te llena. El Evangelio se dirige indistintamente a los pobres y a los ricos. Y habla tanto de pobreza como de riqueza. No condena de hecho a los ricos, si acaso a las riquezas cuando son idolatradas. El dios dinero, el becerro de oro.

Usted pasa por ser un Papa comunista, pauperista, populista. The Economist que le ha dedicado una portada, afirma que habla como Lenin. ¿Se reconoce en estos modelos?

Yo digo solo que los comunistas nos han robado la bandera. La bandera de los pobres es cristiana. La pobreza están en el centro del Evangelio. Los pobres están en el centro del Evangelio. Tomemos Mateo 25, el protocolo sobre el que seremos juzgados: tuve hambre, tuve sed, estuve en la cárcel, estaba enfermo, desnudo. O miremos a las Bienaventuranzas, otra bandera. Los comunistas dicen que todo esto es comunista. Sí, como no, veinte siglos después. Así que cuando hablan, se les podría decir: pero vosotros sois cristianos (se ríe).

Si me permite una crítica..

Cierto...

Usted quizás habla poco de las mujeres, y cuando habla de ellas afronta el argumento sólo desde el punto de vista de la maternidad, la mujer esposa, la mujer madre, etc. Y sin embargo, las mujeres hoy presiden estados, multinacionales, ejércitos. En la Iglesia, según usted, ¿las mujeres qué puesto ocupan?

Las mujeres son lo más bello que Dios ha hecho. La Iglesia es mujer. Iglesia es una palabra femenina. No se puede hacer teología sin esta femineidad. De esto, usted tiene razón, no se habla bastante. Estoy de acuerdo en que se debe trabajar más sobre la teología de la mujer. Lo he dicho y se está trabajando en este sentido.

¿No entrevé una cierta misoginia de fondo?

El hecho es que la mujer fue tomada de una costilla… (se ríe con ganas). Bromeo, lo mío es una broma. Estoy de acuerdo en que se debe profundizar más en la cuestión femenina, de lo contrario no se puede entender a la misma Iglesia.

¿Podemos esperar de usted decisiones históricas, como una mujer presidiendo un dicasterio?, no digo el del clero...

(Se ríe) Bueno, muchas veces los curas acaban bajo la autoridad de las perpetuas...

En agosto usted irá a Corea. ¿Es la puerta a China? ¿Está usted apuntando a Asia?

A Asia iré dos veces en seis meses. A Corea en agosto para encontrar a los jóvenes asiáticos. En enero a Sri Lanka y Filipinas. La Iglesia en Asia es una promesa. Corea representa mucho, tiene a las espaldas una historia bellísima, durante dos siglos no tuvo sacerdotes y el catolicismo avanzó gracias a los laicos. Ha habido también mártires. En cuanto a China, se trata de un desafío cultural grande. Grandísimo. Y está el ejemplo de Matteo Ricci que hizo mucho bien...

¿A dónde va la Iglesia de Bergoglio?

Gracias a Dios no tengo ninguna Iglesia, sigo a Cristo. No he fundado nada. Desde en punto de vista del estilo, no he cambiado de cómo era en Buenos Aires. Sí, quizás alguna cosilla, porque se debe, pero cambiar a mi edad habría sido ridículo. Sobre el programa, en cambio, sigo lo que los cardenales han pedido durante las congregaciones generales antes del conclave. Voy en esa dirección. El Consejo de los ocho cardenales, un organismo externo, nace de allí. Había sido pedido para que ayudara a reformar la curia. Cosa por otro lado nada fácil, porque se da un paso, pero luego surge que hay que hacer esto o aquello, y si antes había un dicasterio después se hacen cuatro. Mis decisiones son el fruto de las reuniones preconclave. No he hecho nada solo.

Una aproximación democrática...

Han sido decisiones de los cardenales. No sé si es una aproximación democrática, diría más sinodal, aunque la palabra para los cardenales no es apropiada.

¿Qué desea a los romanos para el día de los patrones San Pedro y San Pablo?

Que sigan siendo buenos. Son muy simpáticos. Lo veo en las audiencias y cuando voy a las parroquias. Les deseo que no pierdan la alegría, la esperanza, la confianza a pesar de las dificultades. También el dialecto romano es hermoso.

Wojtyla aprendió a decir, volemose bene, damose da fa'. ¿Ha aprendido usted alguna frase en dialecto romano?

Por ahora poco. Campa e fa' campa' (Vive y deja vivir, ndt.). (Naturalmente, se ríe).