Saturday, March 01, 2014

“Del acto de renuncia de Benedicto XVI han surgido muchos frutos espirituales”. Entrevista con Mons. Gänswein en revista Palabra

La mencionamos en una entrada anterior, pero ahora presentamos el texto completo de la entrevista que concedió a revista Palabra Mons. Georg Gänswein, Prefecto de la Casa Pontificia y secretario personal de Benedicto XVI (vía Il Sismografo).

“Del acto de renuncia de Benedicto XVI han surgido muchos frutos espirituales”

Por Giovanni Tridente (Roma)

Mons. Georg Gänswein, arzobispo titular de Urbisaglia, es Prefecto de la Casa Pontificia en la era del Papa Francisco, y Secretario personal del Pontífice emérito Benedicto XVI. Un encargo que sin duda muchos envidian, pues tiene la oportunidad de trabajar y vivir en estrecho contacto con dos grandes personalidades de la Iglesia contemporánea.
En esta entrevista exclusiva para PALABRA –la primera concedida a un medio de comunicación de los países de habla española– cuenta algunas cosas de su vida, de sus pasiones y de su trabajo, esa ocupación tan “especial”. Además, recuerda con nosotros los momentos de la renuncia de Benedicto XVI hace un año, y los frutos para la Iglesia entera que de ella han surgido.

LA PERSONA

—Cuéntenos un poco sobre Usted: dónde nació, qué estudios hizo…

—Como se sabe, soy alemán. Provengo del sur de Alemania, de la Selva Negra, concretamente de la archidiócesis de Friburgo. Soy el primogénito de cinco hijos: tengo dos hermanos y dos hermanas. He crecido en una familia católica. Después de la selectividad entré en el Seminario arzobispal de Friburgo. Terminé los estudios de Filosofía y Teología en la Universidad de Friburgo y en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma. En 1982 recibí la ordenación diaconal, y a continuación pasé un año en una parroquia, como el resto de mis compañeros de estudios. Finalmente, en mayo de 1984, fui ordenado sacerdote en la catedral de Friburgo.

—¿Y después?

—Tras recibir la ordenación sacerdotal fui dos años vicario parroquial en una parroquia grande. Mientras estaba allí, el entonces arzobispo me envió a la Universidad de Munich a estudiar Derecho canónico. Permanecí en Munich siete años, de 1986 a 1993. Durante seis años fui docente en la Universidad. Después de hacer el doctorado regresé a Friburgo como asesor teológico del arzobispo, desarrollando también una actividad pastoral en la catedral. Pensaba que había encontrado mi lugar definitivo, pero un año después pidieron, por medio del Nuncio Apostólico, un colaborador alemán para la Congregación para el Culto Divino en Roma, y me enviaron a mí, aunque según las previsiones había de ser solamente para un tiempo limitado.

—¿Es ahí donde conoció al cardenal Ratzinger?

—Sí, allí conocí al cardenal Ratzinger. Cuando era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe me pidió que prestara servicios en su Dicasterio, porque un colaborador suyo había sido reclamado desde Alemania. Estamos hablando del año 1996.

Antes no lo conocía personalmente, pero durante mis estudios teológicos, siendo seminarista, había leído casi todos sus escritos. En Roma yo vivía en el Pontificio Colegio Teutónico, que se encuentra en el interior del Vaticano. Allí venía el cardenal Ratzinger todos los jueves por la mañana a celebrar la Misa con peregrinos, y así fue como nos conocimos. Después de algunos años colaborando en su Dicasterio, me convertí en su secretario personal. Cuando lo eligieron Papa en 2005 continué a su lado, y así hasta el día de hoy.

—¿Cómo nace su pasión por el Derecho canónico?

—Por mi parte no era en absoluto una pasión innata. Me hice canonista “por fuerza mayor”, ya que la Diócesis tenía necesidad de un futuro Vicario judicial, y habían pensado en mí. Dado que mi tesis de licenciatura en Teología dogmática tenía también un aspecto canónico, se atrevieron a pensar que se trataba de la persona adecuada para confiarle este tipo de encargo. Confieso que inicialmente esta disciplina no me gustaba. Agradezco al director de mi tesis, el profesor Winfried Aymans, que me hiciera descubrir sucesivamente la importancia y también la belleza del Derecho canónico.

—¿Qué le gusta hacer cuando no “ejerce” como Prefecto?

—Soy un gran apasionado de la naturaleza y las excursiones a la montaña, en todas las estaciones. Me encantan la música y la lectura. En verano regreso durante dos semanas a mi pueblo, para volver a ver a mis familiares, a mis hermanos y a los sobrinos, y dedicar un poco de tiempo a la parroquia. Lamento que, actualmente, dado el tipo de servicio que desempeño, sea poco el tiempo que puedo dedicar a la lectura y a la naturaleza.

—¿Le resulta posible realizar algún tipo de actividad pastoral?

—Esto es algo que echo mucho de menos. Normalmente me llegan peticiones para que celebre un bautismo o una boda, y si tengo tiempo me gusta aceptarlas. Pero también es cierto que a menudo me falta materialmente el tempo para dedicarme como quisiera a la actividad pastoral.

PREFECTO Y SECRETARIO

—A propósito de su tarea: ¿de qué se encarga exactamente el Prefecto de la Casa Pontificia?

—El Prefecto de la Casa Pontificia es responsable, junto con sus colaboradores, de todas las audiencias públicas del Santo Padre, y en primer lugar de la general del miércoles por la mañana, que normalmente tiene lugar en la plaza de San Pedro. Se ocupa también de las audiencias pontificias a los jefes de Estado y de gobierno, a los cardenales, los jefes de Dicasterios, los obispos; de las visitas ad limina de las Conferencias Episcopales; de las visitas de los exponentes de la vida política y cultural, etcétera. Nuestra oficina organiza y coordina estas actividades en estrecha colaboración con el propio Santo Padre y con algunos organismos de la Curia romana, principalmente la Secretaría de Estado. Asimismo compete a la Prefectura ocuparse de las visitas del Santo Padre en su Diócesis –o sea, en Roma– y de los viajes en Italia. A eso se añade la responsabilidad sobre importantes edificios en el Vaticano, como el Palacio Apostólico y sus salas, donde se celebran las audiencias privadas del Papa. No olvidemos que en el Vaticano hay una gran riqueza artística y cultural, que hay que tutelar y mantener.

—¿Cómo ha cambiado su trabajo tras la elección del Papa Francisco, sobre todo con su decisión de vivir en Santa Marta?

—La decisión del Papa Francisco de no alojarse en el Palacio Apostólico y permanecer en Santa Marta representó, inicialmente, un cambio bastante sustancial, sobre todo porque había que modificar procedimientos concretos y consolidados. Hemos trabajado mucho para hace realidad la voluntad del Santo Padre, adaptando los procedimientos a la nueva situación. Y puedo decir que este cambio ahora ya no plantea ningún problema logístico ni organizativo.

—Teniendo la oportunidad de transcurrir sus jornadas con dos grandes personalidades, tiene Usted un trabajo muy “envidiable”. ¿Se siente un privilegiado?

—En cierto sentido sí, me siento privilegiado; pero todo esto tiene también su precio. Me siento un privilegiado porque vivo junto al Papa Benedicto, en su misma casa, y comparto también la vida con él, y me siento un privilegiado porque estoy al servicio cotidiano del Papa Francisco. Ciertamente, atender a todas las necesidades de ambos Pontífices tiene un precio en términos de tiempo, fuerzas, sacrificios, ideas, etc. A pesar de todo, estoy muy dispuesto a pagarlo.

LA RENUNCIA

—Probablemente hay quien todavía no termina de entender el gesto de la renuncia de Benedicto XVI. ¿Cómo lo podemos explicar brevemente a nuestros lectores?

—Hay que partir de lo que dijo el propio Papa Benedicto el 11 de febrero de 2013: que ya no tenía fuerzas suficientes ni en el ánimo ni en el cuerpo para ser aquella guía fuerte que la barca de Pedro, es decir la Iglesia, necesita en este momento. Ha vuelto a poner en las manos del Señor lo que Él le había dado en abril de 2005, es decir, el ministerio petrino. No lo ha hecho para huir, sino por amor al Señor y a la Iglesia. Si esto no resulta claro, comienzan a difundirse las especulaciones... Entre otras cosas, ya en una famosa entrevista concedida al periodista alemán Peter Seewald, el Papa Benedicto había respondido claramente que existía la posibilidad de que un Papa renunciase. Obviamente no se estaba refiriendo ya a su renuncia. El Derecho canónico, finalmente, prevé que la Sede Apostólica quede vacante por la muerte o la renuncia de un Papa. Es fundamental entender que la renuncia del Papa Benedicto es un acto de amor, de valentía y de gran humildad hacia el Señor y hacia la Iglesia.

—Usted fue uno de los primeros en conocer esa intención del Santo Padre. ¿Qué pensó en aquellos momentos? Y, ¿cómo recuerda aquel gesto un año después?

—En el momento en que el Papa me confió esa intención suya, bajo el secreto pontificio, instintivamente le respondí que no era posible, que no podía hacerlo… Pero enseguida entendí que no me estaba comunicando una posibilidad sobre la que quisiera reflexionar, sino una decisión tomada después de mucha oración, mucha reflexión y también mucha lucha interior. No me fue fácil, al principio, aceptar esta decisión. Con el tiempo me he dado cuenta de que de este acto surgirían muchos frutos espirituales. A un año de distancia se puede comprender mucho mejor el significado de aquel acto tan valeroso, después de la conmoción inicial.

—¿Qué verdadera gran herencia ha dejado a la Iglesia el pontificado de Benedicto XVI?

—La gran herencia que Benedicto XVI deja a la Iglesia no se puede encerrar en una sola palabra. Ante todo, ha dado un lúcido ejemplo de amor al Señor y a su Esposa, que es la Iglesia. Es un ejemplo que todos pueden fácilmente comprender, tanto creyentes como no creyentes. Tratándose de una persona con un espíritu muy agudo –era un verdadero maestro de la Palabra–, el Papa Benedicto ha dejado una gran riqueza magisterial. Ha sembrado mucho en este ámbito, y estoy seguro que dará muchos frutos en el futuro.

—A su entender, ¿por qué hubo tantos “problemas” en los ocho años de Pontificado?

—Que un Pontífice tenga que hacer frente todos los días a problemas pequeños y grandes es una cosa evidente, es una característica de su ministerio petrino, forma parte de sus esfuerzos cotidianos. Esto vale para todos los Papas, no solamente para el Papa Benedicto. Que luego, a veces, los problemas se acumulen y se vuelvan más pesados, depende de muchos motivos y circunstancias. Hay que estar atento, sin embargo, para distinguir los problemas verdaderos de los “virtuales”, los que aparecen sólo en los medios de comunicación o incluso son creados por los medios. La realidad “real” y la realidad comunicada no siempre concuerdan. Esto vale también, y sobre todo, para el pontificado de Benedicto XVI.

—¿Qué ha pensado ante la gran atención que han dado los medios de comunicación a Benedicto XVI en el primer aniversario de su renuncia? ¿Habrán vuelto a creer, en cierto modo, muchos escépticos de la primera hora?

—Creo que, a distancia de un año, no pocos de aquellos que criticaron a Benedicto XVI se han dado cuenta de que muchas de sus críticas no eran fundadas. Las críticas no fundadas no se pueden siquiera desmentir o rechazar, porque se les estaría dando una atención y un peso que no merecen. Por tanto, tengo mucha confianza en que la historia ayudará a aclarar y a separar el grano de la paja: el bien del mal, lo que es verdad de lo que no vale nada.

VIDA DE UN PAPA EMÉRITO

—¿Cómo pasa sus jornadas Benedicto XVI? ¿Nos puede contar alguna anécdota para los lectores de lengua española?

—El Papa Benedicto había dicho que se retiraría al monte, y efectivamente, el monasterio Mater Ecclesiae, donde vive, se encuentra en el punto más alto de los Jardines Vaticanos. Allí está escondido para el mundo, pero presente en la Iglesia. No interviene en el gobierno del Papa Francisco, pero reza por su sucesor y por toda la Iglesia: esta es ahora su misión. Ha dejado el gobierno de la Iglesia para seguir rezando.

Su jornada concreta está bien ordenada. Todos los días comienza con la Santa Misa, a la que siguen la acción de gracias y el Breviario. Luego desayuna. Por la mañana se dedica a la lectura y a la correspondencia, y recibe también algunas visitas. Después de comer da un pequeño paseo y luego no puede faltar el reposo: la “siesta”, como dicen los españoles. La tarde comienza con el Rosario, que rezamos juntos caminando por el pequeño bosquecillo que hay a las espaldas del monasterio. Luego sigue con la lectura, ve el telediario y da otro pequeño paseo en la terraza. A continuación Benedicto se retira a su habitación; puede que alguna vez también se oiga el piano...

—Se dice que son muchas las personas que escriben a Benedicto XVI. ¿Qué género de cartas recibe? ¿Las hay de personas que no comparten su decisión?

—En efecto, son muchas las cartas que llegan cada día. Al principio, no pocas de ellas mostraban que algunas personas habían vivido la renuncia como un impacto, no comprendían la decisión, o su fe se había visto sometida a dura prueba. Poco a poco este tipo de cartas ha desaparecido, y han aumentado las de agradecimiento y gratitud, las peticiones de oración o la expresión del deseo de visitar al Papa emérito. Sin duda, la correspondencia personal del Papa refleja un gran amor hacia su persona, pero también hacia la Iglesia.

—También parece que en las Misas dominicales para la familia pontificia en la Capilla del monasterio predica la homilía, que prepara por escrito el día anterior, pero que luego pronuncia libremente…

—Es exactamente así. Prepara la homilía el sábado, poniéndola por escrito, pero luego la pronuncia libremente. Por tanto, todo lo que predica, aunque no lo lea, está bien preparado por escrito....

—Como Secretario de Benedicto XVI, ¿es Usted quien le propone las cosas que ha de hacer? ¿Se ocupa, por ejemplo, de programar también el descanso del Papa emérito?

—La pregunta no es del todo correcta. Yo no le propongo las cosas que ha de hacer, sino que le ayudo a hacerlas. No es lo mismo... Ahora, en efecto, la situación es un poco diversa. Cuando me pide que le haga alguna propuesta, ciertamente procuro formularla. Nos conocemos hace muchos años, y por tanto nos entendemos bien. Como es lógico, las citas a las visitas o la distribución de la correspondencia y la organización de cosas concretas me corresponden a mí, y lo hago encantado.

DOS PAPAS

—¿Cómo vivió el Papa Benedicto las fases del Cónclave, y cómo acogió la noticia de la elección de su sucesor?

—Después de la renuncia vivió dos meses en Castel Gandolfo, y en la medida de lo posible siguió las fases anteriores al Cónclave y el Cónclave mismo a través de los medios de comunicación. La tarde de la fumata blanca, el Papa Francisco me expresó su deseo de hablar con Benedicto XVI. Y efectivamente, poco después, aquella misma tarde, le llamó por teléfono.

—Más allá de lo que trasciende al exterior por de los medios de comunicación, y desde el punto de vista de su experiencia, ¿cuáles son los rasgos comunes a Benedicto XVI y a Francesco? ¿En qué son distintos?

—Lo que tienen plenamente en común es el amor por el Señor y por la Iglesia. Este amor es la base de todo lo que hacen. En cambio, son distintos en la personalidad, en los gestos, en los comportamientos. Los gestos del papa Francisco son típicamente suyos, mientras que el Papa Benedicto tiene un carácter más bien reservado. Los dos han aportado al ministerio petrino los dones y los talentos que el Señor les ha dado.

—¿Qué piensa Benedicto XVI del Papa Francisco, y del gran éxito de público que está teniendo?

—Benedicto XVI está muy contento de que su sucesor tenga ese gran éxito de público. Es bueno para la imagen de la Iglesia y de la fe. Sin embargo, no debemos olvidar que la medida de un Pontificado no es el “éxito” externo, sino lo que es justo ante el Señor. El aprecio por parte de Benedicto XVI hacia su sucesor se basa en un fundamento humano y también teológico.

—¿Cómo recibió Benedicto XVI la decisión de Francisco de asumir buena parte de la encíclica sobre la fe?

—Con alegría y gratitud. El propio Papa Francisco ha dicho que se trata de un documento escrito a cuatro manos. Considero que este hecho es un signo innegable de la continuidad entre los dos Pontificados. No obstante la diversidad exterior, hay una clara unidad y continuidad interior, es decir, acerca del Magisterio. Y es también un claro signo de aprecio por el trabajo realizado por su predecesor.

—¿Cree que en la ceremonia de canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II podríamos ver a Benedicto XVI como concelebrante, junto al Papa Francisco?

—No soy un profeta: no lo sé. Podría ser que estuviera presente, pero ciertamente no como concelebrante.

—A propósito: ¿cómo era la relación entre el cardenal Ratzinger y Juan Pablo II? ¿Hace todavía referencias al beato polaco el Papa emérito?

—La relación entre el beato Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger era muy intensa, y se caracterizaba por un afecto y una estima grandes. Creo que el Papa Wojtyla es una de las personas más apreciadas por Benedicto, si no la más apreciada. Ese aprecio ha permanecido inalterado también después de su muerte. Por otro lado, es conocido el gran afecto del Papa Juan Pablo II hacia el cardenal Ratzinger.

LOS RETOS DE LA IGLESIA

—Usted es alemán, como el Papa emérito. ¿Cuál es la situación de la Iglesia en su patria? ¿Qué necesidades tiene?

—La Iglesia en Alemania vive la misma situación que se registra en muchos otros países de Europa central. Lamentablemente, los fieles disminuyen, así como la asistencia a la Misa dominical; hay pocos niños y, en consecuencia, también pocos padres. Creo que es necesario que vuelva a florecer la catequesis, y que hay que intentar que se entienda mejor que la fe no es un peso que añade una carga a la vida, sino algo completamente distinto. La fe ayuda a llevar el peso de cada día, y es fuente de alegría. Si no conseguimos que los fieles tengan una idea clara, una clara convicción de lo que quiere decir creer, tener fe, ser miembro de la Iglesia, encontrar a Jesús, dudo que la vida y la práctica cristianas puedan ser pujantes. En definitiva, repito, es necesario que vuelva a florecer el anuncio de la fe.

—Benedicto XVI visitó por última vez Alemania en 2011. ¿Qué momento de aquel viaje apostólico se le quedó más grabado?

—Hay tres momentos que me impresionaron particularmente: el discurso del Papa en el Parlamento Federal, en Berlín; la liturgia mariana en Eichsfeld, es decir, en la zona este de Alemania, de mayoría protestante; y, por último, la Santa Misa en Friburgo, mi Diócesis. Pero todo el ambiente de aquel viaje fue realmente bello y emotivo.

—Como obispo, ¿qué espera del próximo Sínodo sobre la familia?

—Tengo la confianza de que de esta Asamblea saldrán respuestas válidas para afrontar los retos actuales que se refieren a la familia, basadas en la doctrina y la tradición de la Iglesia.

—¿Qué opina ante la deriva relativista de Europa (y de sus instituciones)?

—Si Europa pierde o incluso vende su alma cristiana, se convertirá en un conglomerado anónimo que dejará de tener un futuro prometedor.

—Usted tiene formación canónica. ¿Qué hay que esperar de la llamada reforma de la Curia, en la que está trabajando el Consejo de Cardenales? Por cierto, ¿tiene la Iglesia necesidad de ser reformada?

—La primera y más importante reforma se refiere al corazón de los fieles, al corazón de todos nosotros. Ahí es donde hay que empezar y volver a empezar... Si luego además es recomendable o necesario modificar algunas estructuras en la Iglesia o en la Curia romana, que sean bienvenidas las buenas propuestas. Sabemos que la Iglesia “semper reformanda”, ha de ser siempre reformada, por lo que estamos ante una experiencia no nueva, y que se puede comparar a un árbol: hay que cortar las ramas secas para permitir que la planta florezca mejor. Naturalmente, todo hay que hacerlo de manera orgánica.

—Un tema del que se habla a menudo es el de la transparencia financiera de la Iglesia. ¿Cómo están las cosa ahora?

—Confieso francamente que no lo sé, porque no formo parte de ninguna de las dos Comisiones instituidas por el Papa Francisco para la transparencia financiera. Sé solamente que todos esperan resultados en tiempos no demasiado lejanos.

—Usted ha sido testigo: ¿cuánto ha sufrido Benedicto XVI por el escándalo de los abusos cometidos por algunos miembros del clero?

—Ya cuando era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Ratzinger afrontó de modo enérgico la cuestión de la pedofilia y de los abusos sexuales cometidos por clérigos, e impulsó la búsqueda de soluciones. Siempre ha ido en la dirección de aclarar lo que había ocurrido. Lo que inició como Prefecto lo ha continuado e intensificado como Pontífice. Los abusos cometidos por clérigos fueron causa de un gran sufrimiento para el Papa Benedicto.

—Como pastor, ¿cuáles son en su opinión los grandes retos que está llamada a afrontar la Iglesia de los próximos años?

—El reto más importante y más urgente es mover a los fieles para que se encuentren con el Señor, para que quieran conocer a Jesucristo. Si tengo un contacto directo con el Señor, todos los problemas resultan relativos. De otro modo se transforman en montañas que no podemos escalar solos. Si mi fe es viva, estoy en condiciones de afrontar y superar los problemas, que ciertamente no faltarán. Encontrar al Señor y a su Iglesia: esto debe tener la prioridad en nuestras actividades. Todas las demás cuestiones han de ser afrontadas en relación con ésta.

—¿Cómo ve su futuro?

—Fui nombrado Prefecto de la Casa Pontificia en 2012 por el Papa Benedicto, y he sido confirmado por el Papa Francisco en 2013; además, sigo siendo secretario personal del Pontífice emérito. Estos dos encargos son para mí un desafío, y al mismo tiempo una gracia. Intento con todas mis fuerzas servir a los dos Papas, y lo intentaré también en el futuro.