Sunday, May 26, 2013

Liturgia, la superestructura y la belleza

Sandro Magister dedica una entrada de su blog, May-25-2013 (traducción al español en La Buhardilla de Jerónimo, May-26-2013), a tres ‘confidencias’ que presuntamente ha hecho el Papa Francisco a igual número de obispos italianos durante sus visitas Ad Limina.

La primera de ellas está relacionada con aquella relatada por el obispo de Molfetta-Ruvo-Giovinazzo-Terlizzi, Mons. Luigi Martella, según la cual la próxima encíclica de Francisco estaría siendo escrita por Benedicto XVI; cosa que fue completamente desmentida por el P. Federico Lombardi, portavoz vaticano.

La segunda supuesta confidencia (no desmentida por nadie) es lo que habría dicho el Papa al obispo de Conversano y Monopoli, Mons. Domenico Padovano, cuando le expuso la presunta división que causan los tradis. Así lo recuenta Magister:

[...]

Luego ha sido el obispo de Conversano y Monopoli, Domenico Padovano, que ha contado a su clero que los obispos de la región se han lamentado con el Papa por la obra de división creada dentro de la Iglesia por los paladines de la Misa según el rito antiguo.

¿Y qué les ha respondido el Papa? Según lo referido por monseñor Padovano, Francisco los habría exhortado a vigilar sobre los extremismos de ciertos grupos tradicionalistas, pero también a atesorar la tradición y hacerla convivir en la Iglesia con la innovación.

Para explicar este último punto, el Papa habría puesto el propio ejemplo: “¿Lo ven? Dicen que mi maestro de ceremonias papales [Guido Marini] es de corte tradicionalista; y muchos, después de mi elección, me han invitado a relevarlo de su cargo y a sustituirlo. He respondido que no, precisamente para que yo mismo pueda beneficiarme de su preparación tradicional y al mismo tiempo él pueda aventajarse, del mismo modo, de mi formación más emancipada”.

[...]

Y la tercera supuesta confidencia (tampoco desmentida por nadie), es la que se refiere al «Arzobispo de Bari, Mons. Francesco Cacucci, que ha declarado a Radio Vaticana que el Papa Francisco habría exhortado a los obispos a “vivir la relación con la liturgia con sencillez y sin superestructuras”», anota Magister.

Es en referencia a esta última supuesta confidencia (y a falta del debido desmentido oficial vaticano) que proponemos lo que evidentemente es una respuesta, aunque sin decirlo abiertamente, de Mons. Nicola Bux, publicada en La Bussola Quotidiana, May-17-2013. Mons. Nicola Bux es sacerdote de la Arquidiócesis de Bari, Italia, profesor de liturgia oriental y teología sacramental, como también latinista papal, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe y consultor de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos.

Traducción de Secretum Meum Mihi (énfasis originales).


Liturgia, la superestructura y la belleza
por Nicola Bux
17-05-2013


[Nota del editor en el original] El tema de la liturgia fue central en el magisterio de Benedicto XVI, que ha siempre combatido contra abusos y degeneraciones del período post-conciliar. Quien ha tolerado mal esas intervenciones piensa ahora, en este inicio del pontificado de Francisco, al enseñar la simplicidad, dar la espalda. Así que expresiones tales como “vivir la liturgia con simplicidad y sin superestructuras” se sienten más a menudo, equivocando el concepto de simplicidad. Para entender bien el valor de la simplicidad en la liturgia y la relación con la fe, hemos buscado la intervención de un experto en la liturgia como Monseñor Nicola Bux.

¿Qué quiere decir vivir la relación con la liturgia y con la fe con simplicidad y sin superestructuras? Comencemos con la estructura: La fe tiene una estructura como la liturgia, en cuanto hay una relación entre los dos (lex orandi-lex credendi). Por ejemplo, en la Misa hay letanías (oraciones de invocación), del griego liti, procesión, oraciones que se hacen partiendo de un lugar de culto a otro o dentro del mismo, se piensa en las stationes descritas por Egeria en Jerusalén . O en el movimiento de los neófitos del baptisterio, al exterior de la Iglesia, después del bautismo, hacia el interior de la Iglesia, para participar en la Eucaristía. Este movimiento procesional expresaba la idea de la peregrinación del pueblo cristiano hacia la eternidad.

Por lo tanto, las letanías (llamadas ectenie, del griego: súplica) son secuencias de invocaciones a Dios por varias necesidades de carácter universal (para los vivos y los difuntos, la Iglesia y el mundo ...). Examinando la unidad litúrgica de la letanía podemos volver a su origen histórico. Cuando, por ejemplo, el diácono dice ... “oremos”, después “arrodillémonos” y todos oran en silencio, después, “todos de pie” ... y el sacerdote recoge las intenciones en una colecta, después de que todos han orado individualmente ... tenemos la forma primitiva de la letanía, pero hoy no tenemos las oraciones-colectas al inicio de la Misa. Con el tiempo, esta forma se ha convertido en una lista de intenciones, de invocaciones, a las cuales se añaden las respuestas del pueblo. En la Misa de rito bizantino se cuentan al menos cuatro, mientras que en la Misa latina está constituida esencialmente de la oratio fidelium o plegaria universal. Hoy está presente en la forma ordinaria del rito romano, pero había permanecido en la forma más solemne el Viernes Santo, atestiguando así ulteriormente su antigüedad.

La letanía u plegaria universal, que acompañaba el movimiento procesional, no ha compartido la suerte del resto del rito al cual pertenecía con la misa, sino ha seguido su camino y a este fenómeno, los estudiosos lo llaman “fenómeno estructural”. Eso es, la estructura de la liturgia no es rígida, no dejando espacio a la unidad individual de modularse o adaptarse a las situaciones históricas. Por ejemplo, la recitación del Credo no es de siempre, ¿cómo pasó? Hay entre otras razones históricas, pero también el Credo es una ‘unidad litúrgica’ que ha recibido un espacio y se comporta en manera relativamente autónoma del resto. La estructura en definitiva es el rito y la superestructura su esplendor.

El discurso sobre la estructura nos lleva a comprender que el hombre necesita de ritos (nacimientos, matrimonios, funerales, apoteosis...), que sirven para eternizar el presente. Pero con Cristo, el eterno ha descendido en el tiempo, lo sacro en el profano, consagrando a cuantos lo han acogido y ayudándole a ascender consigo a lo alto —de descenso y ascenso está hecha la liturgia— poniendo el criterio de distinción entre sacro y profano, en el Nuevo Testamento (1 Cor 11) la distinción fue sancionada por Pablo cuando ha separado de la celebración eucarística la comida o ágape de hacer en casa.

Viniendo a la superestructura de la liturgia debemos hablar de la belleza: el Catecismo de la Iglesia Católica (n°.1157) señala tres criterios: la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea en los momentos previstos, el carácter solemne de la celebración, para dar gloria a Dios y favorecer la santificación de los fieles. Benedicto XVI ha enseñado que la Liturgia está estrechamente ligada a la belleza, como la experimentada por Pedro, Santiago y Juan en la Transfiguración del Señor: “qué bueno estar aquí…” La superestructura no ha sido abolida, porque la Constitución Sacrosanctum Concilium en el n° 34 habla de la “noble sencillez”: parece un oxímoron, la nobleza no es mayor que la simplicidad, ¿una superestructura que abolir precisamente para que la simplicidad brille? Así es como lo interpreta la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis en el n°. 41: “Es necesario que en todo lo que concierne a la Eucaristía haya gusto por la belleza. También hay que respetar y cuidar los ornamentos, la decoración, los vasos sagrados, para que, dispuestos de modo orgánico y ordenado entre sí, fomenten el asombro ante el misterio de Dios, manifiesten la unidad de la fe y refuercen la devoción”; podríamos comentarlo con un pasaje de la secuencia Lauda Sion: Quantum potes de aude: quia maior omni laude, nec laudare sufficit.

En este punto se puede afirmar que lo sagrado se hace presente en una belleza ‘normativa’ (rito=ordo) a la cual se necesita prestar servicio; es decir, los ministros sólo pueden administrarla, servirla, pero no hacer de amos, todo en ventaja de la catolicidad del culto; aquí el ordo del rito se convierte en ethos. Justamente la liturgia está basada en el dogma y no en opiniones teológicas: cosa garantizada por el ordo.

Esta superestructura, por así decirlo, la “noble simplicidad” de la liturgia, ¿se puede eliminar en nombre de la adaptación? ¿O sobre todo vivir la relación con la liturgia y con la fe con simplicidad y sin superestructuras, significa eliminar en el rito, en la música y en el arte, lo profano y lo desacralizante, porque favorecen el desorden, la espontaneidad, la creatividad, e incluso la inmoralidad?

Justo san Francisco recomendaba el máximo respeto del sacramento y que los cálices, los corporales, los ornamentos del altar y todo lo que sirve al sacrificio, debían ser de materia preciosa (cfr. Fuentes Franciscanas, Primera carta a los custodios, 241,3); prescribe que el Santísimo Sacramento sea puesto y custodiado en lugar precioso (4) y aquellos que no lo hicieran deberían dar cuenta delante del Señor en el Día del Juicio (Carta a todos los clérigos, 14).

Si, como ha afirmado Benedicto XVI, en la liturgia asistimos a deformaciones al límite de lo tolerable, se necesita admitir que esto ha sido posible porque, después del Concilio Vaticano II, hemos pasado de una liturgia de hierro para una liturgia de caucho (cfr. Civiltà Cattolica, Editorial 20.12.2003).


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