Sunday, December 02, 2012

Scicluna de regreso a la CDF

Para quienes creyeron que el nombramiento como obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Malta (ver aquí), lo alejaría de la CDF, se equivocaron. Mons. Charles J. Scicluna ha sido nombrado ayer miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Así que su aparente alejamiento de algunos de sus anteriores asuntos es solamente eso, aparente. Lo dijimos en otra ocasión y nos ratificamos: Un pequeño hombre con un gran poder.

El “Gran hermano” entra en el Vaticano

Así titula Vatican Insider en italiano el artículo escrito por Andrea Tornielli sobre el ‘debut’ del microchip en el Vaticano. Esta es la traducción en español del mismo artículo, Dic-02-2012.

12/ 2/2012
El “Gran hermano” en el Vaticano

Después de los “vatileaks”, cada empleado tendrá un “badge” con un microchip por seguridad y para ser localizable

ANDREA TORNIELLI
CIUDAD DEL VATICANO


Después de haber saludado a los guardias (con uniforme de gala), el monseñor, con su alzacuellos impecable y dando pasos apresurados, lanzó una mirada desconsolada a las dos máquinas que registrarán las entradas y salidas de todos: a partir del primero de enero, todo el que entre o salga tendrá que deslizar por encima de ellas su tarjeta magnética, dotada de un chip capaz de localizar en cualquier momento dónde se encuentra su propietario.

La Ciudad del Vaticano, el Palacio Apostólico, el corredor afrescado de la tercera logia: aumenta la vigilancia en la “torre de control” de la Santa Sede y de la Secretaría de Estado. No se trata solo de una cuestión de horarios. De hecho, es uno de los tantos efectos de los “vatileaks” (la fuga de documentos reservados del aposento papal, que modificó para siempre la cotidianeidad en el Vaticano). Archivos blindados, mayor vigilancia para acceder a la información, rendir cuenta –obligatoriamente– sobre las fotocopias realizadas. Incluso en la pequeña comunidad familiar de Benedicto XVI habrá nuevas y más severas reglas, como la inaccesibilidad a la habitación de los secretarios particulares, pues será inalcanzable para evitar que se repitan las «filtraciones».

Al lado de la habitación del Papa

Los secretarios del Pontífice, Georg Gänswein y Alfred Xuereb, comparten una habitación que se conecta directamente con el estudio de Benedicto XVI. Allí, además de fotocopiadoras (desde tiempos de Juan Pablo II), también hay un ordenador para el ayudante de cámara, que entonces era Angelo Gugel (histórico mayordomo de tres Papas), quien la usaba para llevar a cabo algunos encargos que le confiaba don Stanislao Dziwisz. Fue en este lugar en donde “Paoletto”, durante su horario de trabajo, fotocopiaba documentos reservados que llegaban al escritorio de don Georg después de que Benedicto XVI en persona los revisara. Gracias a los “vatileaks”, el sucesor de Gabriele, el nuevo ayudante de cámara Sandro Mariotti (“Sandrone”, de cariño) ya no llevará a cabo funciones de la secretaría, sino que tendrá prohibido entrar a la oficina de los secretarios. Además, será mucho más riguroso el recorrido que harán los documentos que lleguen al escritorio del Papa desde la Secretaría de Estado, a donde son reenviados con las indicaciones pertinentes y con la inconfundible “B16”, la firma que Ratzinger añade a mano a todos los documentos que lee personalmente.

Los horarios

El nuevo “badge” para indicar los horarios de entrada y de salida de los que trabajan en el Palacio Apostólico y en la Secretaría de Estado, no está relacionado directamente con el caso de los “vatileaks”. Se trata de una manera para revisar que los horarios de trabajo establecidos sean respetados por todos los empleados, aunque ya hayan quedado atrás los tiempos en los que Juan XXIII respondía con un chiste a los que preguntaban cuántas personas trabajaban en el Vaticano: «Como la mitad...». La decisión de dotar a los empleados de un nuevo “badge” con todo y microchip (gracias al cual, en caso de necesidad, se podrá localizar a su propietario dentro del Palacio Apostólico) es una señal que indica la voluntad de una mayor vigilancia, que va más allá del mero horario de trabajo. «Solo los superiores podrán acceder a la información en el caso de que surja algún problema –asegura a Vatican Insider un alto prelado–, y no habrá un monitoreo constante».

Un «guardián» para los documentos cifrados y las fotocopias

Será el responsable de la oficina de la Secretaría de Estado que se encarga de cifrar documentos, el monseñor esloveno Mitja Leskovar, el que vigilará que se respeten las nuevas medidas de seguridad. Como se ocupaba de la transmisión de información reservada entre la Santa Sede y los nuncios, el prelado, que nació en la ex Yugoslavia durante el comunismo, se convirtió en un experto anti-espionaje. También, después de los “vatileaks, será mucho más difícil hacer fotocopias en la Secretaría de Estado: habrá que rellenar un registro indicando el nombre del fotocopiante y los documentos que serán reproducidos. Será el mismo Leskovar quien se encargue de revisar el registro de las fotocopias.


También habrá más control con respecto a las reglas para acceder a los dos archivos, los de la primera y de la segunda sección de la Secretaría de Estado. Ambos se encuentran en la tercera logia del Palacio Apostólico, pero dependen de dos responsables diferentes. En el primero de ellos se encuentran los documentos relacionados con el servicio cotidiano del Papa en relación con la Iglesia universal y con la Curia Romana, la redacción de los documentos papales y las reacciones de los nuncios apostólicos sobre las Iglesias locales. En el segundo archivo se encuentran, en cambio, los documentos relacionados con las relaciones de la Santa Sede con los estados. Las peticiones para consultar documentos se deben entregar por escrito y deben ser autorizadas: una regla que ya existía, pero que antes no se aplicaba con absoluto rigor. Ahora, además, los que trabajan en los archivos no podrán llevar el teléfono celular consigo y tendrán que dejarlo a la entrada (en un armario). Reglas más férreas, vigilancia cuidadosa, procedimientos menos flexibles y una posible lentitud como consecuencia en las actividades de las oficinas. Aunque las jerarquías vaticanas estén convencidas de que tras “Paoletto” no hay ninguna red de cómplices, las consecuencias de los “vatileaks” se reflejarán en el trabajo de todos.