Thursday, November 15, 2012

Sermón del Superior General de la FSSPX/SSPX, Nov-11-2012, en el cual retoma el tema de la situación actual de las relaciones Roma-FSSPX/SSPX

Nos referímos a este sermón en una entrada anterior (aquí), el cual fue pronunciado por el Superior General de la FSSPX/SSPX, Bernard Fellay, Nov-11-2012, en la iglesia de San Nicolás de Chardonnet en París, Francia; y dijimos que el contenido del mismo esencialmente era el mismo que otras dos de sus más recientes intervenciones, una en Suiza y la otra en España. Por considerarlo de interés, procedemos a reproducir la traducción al español que proporciona el sitio de internet del distrito de Sudamérica de la FSSPX/SSPX.


Querido Padre Superior del Distrito, queridos Padres, queridos fieles:

La parábola de la cizaña aplicada a los acontecimientos recientes en la FSSPX

Acabamos de escuchar en el Evangelio la parábola de la cizaña; es bastante misteriosa aquella realidad de la cizaña. Nos la enseña Nuestro Señor y nos dice que el Reino de Dios —cuando habla del reino de Dios— se trata antes que nada de la Iglesia. Se la puede comparar a un campo cuyo dueño es Dios. Su obra en este campo siempre es buena, sólo obra el bien; sólo planta buena semilla en su campo. Así obra Dios, por su gracia, por su bondad. También se puede aplicar este misterio a algo más que la Iglesia, al mundo entero. Dios mismo es igualmente Señor de este mundo, y ocurre que, de repente, en medio de esta acción benéfica, benévola —sabemos que Dios es el Señor de todo—, aparece la cizaña, la mala hierba, el mal.

Se sorprenden los ángeles, se sorprenden los trabajadores del campo: “Pero Señor, ¿no había usted plantado solamente trigo?” El dueño les contesta: “El enemigo hizo eso”. Esta respuesta, tal como se la presenta aquí, podría dejar pensar que el Buen Dios no puede hacer nada. Comprendamos bien, no lo hizo el Buen Dios… No, ¡pero sigue siendo el Señor! El misterio es todavía mayor. Dios permite. Hubiera podido impedir aquella mala hierba, pero permite que el enemigo, el demonio, plante la mala hierba. Permite que nosotros mismos, porque nos ha hecho libres, podamos decaer, hacer daño. No lo quiere, Él sólo quiere trigo. Pero resulta que en nuestra historia, la historia de la Iglesia, el mal, el sufrimiento, la cizaña, se encuentran en el mundo, escándalo para tanta gente. Pero el escándalo va más allá todavía: los Ángeles, ministros de Dios, poderosos, fuertes, que sólo buscan el bien, se ofrecen para erradicar la mala hierba, arrancarla… ¡Para acabar de una vez con ese mal! Y el Señor dice: “No, no, hay que dejar la mala hierba”.

Este es el misterio que encontramos en la Iglesia, la cual de ahora en más se llamará militante. Hay que luchar; habrá un combate por afuera y aun por adentro. Y esto hasta el fin. Sin embargo, el mismo Señor —ustedes lo escucharon en la epístola— nos dice que, por encima de todo, el amor —y el amor es unión— será el signo mismo de la autenticidad de la Iglesia. San Pablo nos dice también aquella palabra terrible, que va en el mismo sentido que la parábola de la cizaña: “Oportet haereses esse”. Es necesario que haya divisiones. Lo que parece contradictorio. Y Nuestro Señor explica a sus Ángeles que sacar aquellas malas hierbas haría más daño que bien. Y por lo tanto, hay que dejarlas. No quiere decir que Dios, de repente, no sería más el Señor de todas las cosas. ¡No! Además menciona su poder diciendo que se hará la distinción en el tiempo de la siega. En ese momento se quemará la mala hierba, separada del trigo. Los que hacen el mal, los que piensan hacerlo impunemente porque no ven el castigo inmediato, ¡que tengan cuidado! Dios sigue siendo Dios. Y llegará el día en que Él manifieste su Soberanía. De Dios, no se burla. La Sagrada Escritura nos lo dice. Pero existe también ese misterio del buen Dios, que permite que aquí abajo, a causa del pecado, a causa de las consecuencias del pecado, tengamos que luchar.

Este misterio nos ha tocado más íntimamente durante los últimos meses. Hemos visto hasta en nuestra querida Fraternidad, una confusión, una mala hierba, una cizaña, una turbación. Dios lo permitió, como Él lo permite en la Iglesia, como lo permite, podemos decir, en cualquier sociedad. Éste es el gran misterio del buen Dios. Nuestro Señor también dijo sus apóstoles: “Si un sarmiento no lleva frutos, el labrador lo corta”. Y sigue diciendo: “Pero los que llevan buen fruto serán podados… para que lleven más fruto”. Es un gran misterio: predice un sufrimiento necesario, según el plan de Dios, que nos cuesta mucho comprender. Cuando obramos un bien, cuando hacemos un esfuerzo hacia el bien, cuando logramos un esfuerzo hacia el bien, esperamos automáticamente del buen Dios una mirada benévola, un beneficio, algo que nos hace bien. Y cuando el buen Dios contesta con un golpe, ya no entendemos. Y sin embargo, no es un mal golpe; sí, es un golpe. Podar un sarmiento no es nada agradable, pero se lo poda para que lleve más fruto… ¡Qué misterio tan grande!

¿Cuáles son las lecciones que debemos sacar de estos sufrimientos internos y de las contradicciones romanas?

Quisiera examinar con ustedes, muy brevemente, los últimos meses que ocasionaron sufrimientos, con vistas a sacar algunas lecciones y, si fuese necesario, comprender bien el asunto. Ustedes saben que los actuales tiempos de turbación —por supuesto estoy hablando de nuestras relaciones con Roma, de las reacciones que se suscitaron entre nosotros, y de la consecuencia dolorosa que fue la pérdida de uno de nuestros obispos… ¡No es poca cosa! Quiero precisar y confirmar que la causa de esta partida no radica en el problema de nuestras relaciones con Roma. Fue la ocasión, pero en realidad se trata del desenlace de un problema que existe desde hace mucho más tiempo; un problema de disciplina interno a la Fraternidad, que al final se manifestó con una suerte de rebeldía abierta contra la autoridad, bajo, digamos, un falso pretexto.

Quiero explicarles un poco más. ¿Qué pasó durante todos estos meses? ¿Cuál es la causa de aquellas turbaciones? Pienso que la causa es múltiple, pero la razón de fondo es una contradicción en Roma. Contradicción que hemos comprobado, que ya hemos expuesto desde, por lo menos, el año 2009. Contradicción que, directamente para nosotros, se manifiesta en decisiones, declaraciones de la misma autoridad, es decir la Santa Sede, pero que emana de diversas personas de la Santa Sede, personas diversas, opuestas y aun contradictorias. Y nos parece que en Roma, las personas allí presentes tienen posturas distintas primero respecto a la crisis, y después respecto a nosotros. Por una parte se ve bien que existe un fraccionamiento en el ejercicio de la autoridad en Roma. De allí una dificultad, que existe ya desde hace varios meses, desde hace varios años, para saber lo que quiere realmente la Cabeza, es decir el Santo padre, el Sumo Pontífice. En principio, lo que se llama la Santa Sede, el Vaticano, es la mano del Papa. No se hace una distinción entre la Santa Sede y el Papa. Cuando hablamos de Roma, hablamos de ese conjunto, de la autoridad en la Iglesia. Así debería ser. Pero en realidad hemos comprobado más de una vez que existe como un sabotaje de la autoridad, en particular cuando se tomaron decisiones a favor de la Tradición. Uno de los más evidentes es el que ocurrió respecto a la Misa. Esa vez la oposición no tuvo lugar sólo en Roma, sino en varios lugares en las diócesis. Ese sabotaje provenía de obispos que impedían a los sacerdotes y a los fieles el acceso a la Misa de siempre. En este clima hemos mantenido discusiones doctrinales que se acabaron un poco abruptamente; con una comprobación de desacuerdo.

Después de las discusiones —y para nosotros fue motivo de un gran asombro y sorpresa— la Santa Sede, sin embargo, hizo una propuesta de solución canónica. Al mismo tiempo que, por un lado, por medio del canal oficial de la Congregación de la Fe y de la Comisión Ecclesia Dei, se nos entrega documentos para firmar o discutir… al mismo tiempo, recibimos por personas que trabajan en los mismos ámbitos, Ecclesia Dei, o a través de un Cardenal, un mensaje distinto de la línea oficial. Más o menos así: el Papa va a reconocer la Fraternidad como lo hizo para las excomuniones, sin nada a cambio de parte de la Fraternidad. Semejante situación no deja de plantear grandes problemas, puesto que este mensaje no dice lo mismo que el texto entregado. Esas mismas personas lo reconocerán: “Los textos que se les propone no corresponden a lo que quiere el Papa”. Y el doble mensaje continuará durante meses. En cuanto a los mensajes oficiales, nuestra respuesta es no, puesto que se nos pide aceptar lo que en las discusiones no hemos aceptado. No podemos. Pero al mismo tiempo que recibimos las respuestas oficiales, siguen los mensajes de benevolencia, cuyo origen es incontestable. Y vienen de lo más arriba. Les comento algunos:

“Que la Fraternidad sepa que resolver los problemas de la Fraternidad está en el corazón de mis preocupaciones”, o incluso “es una prioridad de mi pontificado”. Esto con la intención de resolver el problema.

Respecto a los medios, algunas afirmaciones como éstas:

“Hay enemigos en Roma que sabotean todas las iniciativas del Papa a favor de una restauración”.

U otras como:

“Que Mons. Fellay no se preocupe: después del reconocimiento, podrá seguir atacando todos los puntos como antes”.

O incluso más fuerte:

“El Papa está por encima de la Congregación de la Fe. Si la Congregación de la Fe toma una decisión contraria a la Fraternidad, el Papa intervendrá para invalidar la decisión”.

¿Podíamos ignorar totalmente esta segunda línea? Era necesario verificarla, comprobar su autenticidad, su veracidad. Pero era absolutamente imposible comentarlo, comunicarlo. Porque comentar el asunto hubiera complicado más las cosas. Finalmente las cosas comenzaron a clarificarse, podemos decir, desde el mes de mayo. En junio por fin se logra claridad. ¿Por qué? Porque conseguí reunir, se puede decir, estos dos canales. Por medio de una carta, escribo al Papa diciéndole que “durante un tiempo, puesto que Usted conoce nuestra oposición al concilio, y puesto que, sin embargo, quiere reconocernos, yo había concluido que Usted estaba dispuesto a poner de lado o a diferir para más adelante los problemas del concilio”. Entre otras cosas significaba “denigrar el concilio”, hacerlo opinable, discutible, puesto que se hablaba de discusiones posibles, incluso legítimas. Por lo tanto pensaba: “Puesto que Usted hace este gesto hacia nosotros, a pesar del problema, quiere decir que Usted estima más importante declarar a la Fraternidad como católica que mantener a toda costa el concilio; puesto que, al final, Usted mismo parece imponer el concilio, debo concluir que me equivoqué. Ahora bien, díganos, por favor, díganos realmente lo que Usted quiere”.

Y recibí una carta, una respuesta escrita con fecha 30 junio. Esta carta del 30 junio manifiesta que quien intervino para obligar a la aceptación del Concilio, para reintroducir en el texto todo lo que yo había sacado y que no podíamos firmar, es él, el Papa. Volvieron a poner lo que había sacado. Y sigue diciendo que para llegar a un reconocimiento jurídico hay tres condiciones, tres aceptaciones de parte de la Fraternidad.

Aceptar que “el Magisterio es juez de la Tradición apostólica”, es decir que el Magisterio nos dice lo que pertenece a la Tradición. Esto es de fe. Evidentemente, en este contexto, el Papa lo usa para obligarnos a aceptar las novedades.

Y sobre todo se nos pide aceptar que “el Concilio es parte integrante de esa Tradición”. Quiere decir que el concilio sería “la Tradición”, sería tradicional. Hace cuarenta años que decimos lo contrario, no porque nos gusta, sino según esta afirmación que se encuentra tantas veces en la boca de nuestro venerado fundador: somos obligados de comprobar —nos lo muestran los hechos— que este concilio encierra una voluntad determinada de hacer algo nuevo. Y no se trata de cualquier novedad, de una novedad superficial, sino de una novedad profunda, en oposición, en contradicción con lo que la Iglesia había enseñado y aun condenado. No es por gusto que estamos luchando desde hace tantos años, contra esas novedades, esas reformas conciliares, que destruyen la Iglesia, que la arruinan. Y ahora nos dicen: la condición, es aceptar que “el Concilio es parte integrante de la Tradición”...

Hay otra condición relativa a la misa. Debemos aceptar la validez de la misa nueva, pero no sólo eso. Deberíamos también aceptar la licitud. Se habla de validez cuando se pregunta “¿existe esta realidad?”. Una misa celebrada válidamente quiere decir que Nuestro Señor está. En este caso no se contemplan las circunstancias en las que se celebra la misa. De este modo una misa negra puede ser válida. Es espantoso, es un terrible sacrilegio, pero lamentablemente existen sacerdotes que consagran lo que llamamos la misa negra. Esta misa es válida. Tomando este ejemplo chocante, ustedes comprenden bien que no está permitido, que no es lícito, porque es algo malo. Lícito quiere decir permitido, porque es algo bueno. Y nosotros hemos comprobado los perjuicios de la misa nueva, hemos visto cómo la hicieron, para qué la hicieron: para el ecumenismo. Y vemos los resultados, la pérdida de la fe, las iglesias vacías, y decimos: es mala. Esto es lo que contesté a Roma. Generalmente, ni siquiera hablamos de licitud, decimos simplemente que la misa nueva es mala. Es suficiente.

La situación está bloqueada, pero seguimos el combate

Esta es la situación, queridos fieles. Por eso es obvio que desde el mes de junio —lo hemos dicho con ocasión de las ordenaciones— las cosas están bloqueadas. Es una vuelta al punto de partida. Estamos exactamente al mismo punto que Monseñor Lefebvre en los años 1975, 1974. Y por lo tanto continuamos nuestro combate. No abandonamos la idea, un día, de volver a ganar a la Iglesia, de reconquistar la Iglesia a la Tradición. La Tradición es su tesoro, el tesoro de la Iglesia. Continuamos, esperando ese día feliz… Vendrá, aunque no sabemos cuándo. Veremos. Éste es el secreto del buen Dios. Llegará ese día en que la cizaña sea arrancada, ese mal que aqueja la Iglesia. Esta crisis es probablemente la más espantosa que la Iglesia jamás conoció. Vemos que los obispos, los cardenales ya no llevan las almas al Cielo; bendicen los caminos del infierno; ya no advierten a las almas los peligros que les amenazan sobre la tierra; ya no les recuerdan el fin de su existencia… este fin, es el buen Dios, es ir al Cielo. Y no existen muchos caminos para alcanzarlo: es el camino de la penitencia, es el camino de la abnegación. Todo no está permitido. Los mandamientos del buen Dios existen. Y si uno no los quiere respetar, se prepara para el infierno. ¿Cuántas veces escuchamos palabras parecidas en la boca de un obispo? ¿Cuántos obispos probablemente nunca las habrán pronunciado? Conocemos seminaristas, modernos, que terminaron su seminario y que nos dijeron: “¡Nunca hemos escuchado esta palabra en el seminario!” Y sin embargo, es la consecuencia directa del pecado.

Nuestra vida sobre la tierra es una prueba. Debemos manifestar al Buen Dios que Lo elegimos, a Él, y que por este motivo renunciamos a nuestros amores, a los amores de las cosas de la tierra, y que Él tiene el primer lugar. No hay que desalentarse ante esta cizaña. Puede ser una reacción ante el mal que está en todas partes, que invade todo, y cada vez más. Es una reacción posible, pero demasiado humana. En la oración colecta de hoy, la Iglesia nos dice que Ella sólo se apoya sobre la gracia, respecto a todo lo que necesitamos, para todo nuestro combate. Querer apoyarse sobre sus propias fuerzas puede fácilmente llevar al desánimo. Nuestra fortaleza —es lo que decimos todos los días— es ésta: “adjutorium nostrum in nomine Domini”; nuestra ayuda, y por lo tanto nuestra fortaleza, está en el Nombre del Señor. Hay que contar solamente con el buen Dios. Y sabemos bien que si el buen Dios permite las pruebas, jamás permite una prueba para nosotros sin darnos la gracia proporcionada para triunfar. Estas palabras, hay que tomarlas como son: son verdaderas. Todo coopera el bien de los que aman a Dios; todo, y antes que nada, por supuesto, las pruebas.

Por eso si tenemos pruebas, no nos dejemos desalentar. Redoblemos nuestras oraciones. Miremos hacia el buen Dios. Hagamos algunos esfuerzos, algunos sacrificios, y contemos con Su gracia. La Iglesia siempre nos dijo que hay una mirada, un pensamiento que es la solución de todos los problemas. Nos comunican la fortaleza, el valor, cualquiera que sea nuestro estado. Se trata de la mirada hacia Jesús crucificado, hacia el crucifijo, hacia Jesús que está muriéndose sobre la cruz por nosotros, por amor hacia nosotros. Hubiera podido dejarnos solos. Es Dios, infinitamente por encima de sus criaturas, que le ofendieron de un modo tan ingrato. ¿Qué hace? En lugar de dejar las cosas como son, viene para reparar. Se hizo Hombre, aceptando un anonadamiento indecible. Durante su Pasión, toma nuestros pecados sobre Sí mismo, los lleva, paga en nuestro lugar. Toma sobre Él el castigo que merecíamos por nuestros pecados.

Este es el amor de Jesús por nosotros. Y nosotros, ¿lo pondríamos en duda? ¿Pondríamos en duda el hecho que quiera socorrernos, que quiera ayudarnos? Recapacitemos. Retomemos la fe. Incluso si Él se esconde, si Él redobla la prueba, no importa; Él es el Señor absoluto de todas las cosas. Es capaz de salvarnos tanto en la situación actual de la Iglesia como en el mejor de los tiempos. Este misterio va tan lejos, queridos fieles, que aquel poder, aquella capacidad de santidad, de santificación, reside todavía en esa Iglesia que vemos por el piso. Si tenemos la fe, es en esta Iglesia; si recibimos la gracia del bautismo hasta el último de los Sacramentos, es en esta Iglesia y por Ella. Esta Iglesia no es una idea, es real, está ante nosotros, se llama la Iglesia Católica romana, la Iglesia con su Papa, con sus obispos, que también pueden tener un estado de debilidad —iba a decir que son débiles—. Pero no importa, el buen Dios no dejará sola su Iglesia. A nosotros nos toca no dejarnos turbar y no decir: puesto que está la asistencia del buen Dios, ¡todo está bien! ¡Por supuesto que no!

Y este es el problema que encontramos en nuestras discusiones con Roma. Les decimos: existe un problema y este problema viene visiblemente del concilio y de sus consecuencias. Y se nos contesta: es imposible. No, no hay problemas. No puede haber problemas, puesto que la Iglesia tiene la asistencia del Espíritu Santo. Por lo tanto la Iglesia no puede hacer nada malo. No es posible. Y por lo tanto el concilio debe ser bueno, por necesidad. Y por consiguiente lo que ustedes dicen no vale. Existen algunos abusos en ciertos lugares, pero no vale. La misa nueva fue hecha por la Iglesia. La Iglesia está asistida. Es necesariamente algo bueno, y ustedes no tienen el derecho de decir que es mala. Ésta es la situación con la que nos topamos. Y contestamos: aceptamos la fe hasta la última iota, también la fe en la Iglesia, en sus privilegios y en la asistencia del Espíritu Santo. Pero aceptamos la realidad, y eso también es verdad. Nunca podremos negar la realidad. Y sabemos bien que no hay contradicción entre ambas. Un día habrá alguna explicación, aunque hoy no haya.

Es el misterio de la Cruz. Cuando Jesús está sobre la Cruz, la fe nos obliga a profesar que Él es Dios, que es todopoderoso, que es eterno e inmortal. No puede morir; no puede sufrir. Dios es infinitamente perfecto. Es imposible que Dios sufra. Y Jesús, sobre la Cruz, es Dios. La fe nos lo dice. Y tenemos que aceptarlo, totalmente, sin ninguna disminución. Pero al mismo tiempo, la experiencia humana nos dice que ese mismo Jesús sufre, e incluso muere. Al pie de la cruz, están en la verdad solamente los que mantienen los dos, aunque parezca contradictorio. Y se ve a través toda la historia de la Iglesia el mismo problema: la gran mayoría va a limitarse a lo que nos dice el conocimiento humano y llegará a la conclusión: por lo tanto no es Dios. Murió verdaderamente. Está muerto y enterrado. Se acabó. Es la mayor parte de los enemigos de la Iglesia, de los ateos, de los herejes, y de los modernistas que se esconden en la Iglesia y dejan pensar que tienen la fe mientras que no la tiene. Se distinguirá hábilmente un Cristo de la historia, el Cristo real, y se dirá que murió y jamás resucitó; por otro lado se hablará de un supuesto Cristo de la fe, en el que la Iglesia nos obliga a creer, y para él se inventa una resurrección. Es absolutamente falso. Es inexacto. Resucitó verdaderamente. Figúrense que otros herejes, por el contrario, insistieron para decir: pero sí, es Dios. Por lo tanto su muerte, sus sufrimientos sólo son apariencias. No murió verdaderamente. Este error también se encontró, pero se difundió menos.

Hoy en día, respecto a la Iglesia, es el mismo problema. Para permanecer en la verdad hay que conservar estas dos fuentes de información, los conocimientos de la fe y los conocimientos comprobados por la razón. El concilio quiso armonizarse con el mundo. Hizo entrar el mundo en la Iglesia y ahora estamos ante un desastre. Y todas las reformas realizadas por las autoridades a partir del concilio fueron hechas para eso. Se nos habla de continuidad, ¿pero dónde se encuentra? ¿En Asís? ¿En el beso del Corán? ¿En la supresión de los Estados católicos? ¿Dónde está la continuidad? Por eso queridos fieles, continuamos, simplemente, sin cambiar nada, hasta el momento en que el buen Dios quiera… Eso no quiere decir que debamos permanecer inactivos, por supuesto que no. Todos los días tenemos el deber de ganar almas. Y sabemos bien que la solución vendrá del buen Dios, y podemos decirlo, por la Santísima Virgen. Podemos decirlo y es una evidencia de nuestro tiempo, manifestada por esas apariciones, bellas, magníficas: Nuestra Señora de La Salette, Nuestra Señora de Fátima, que anuncian esta época, dolorosa, terrible. Roma se volverá la sede del Anticristo, Roma perderá la fe... Es lo que se dice en La Salette. La Iglesia será eclipsada. No son palabras en el aire. Tenemos verdaderamente la impresión que lo estamos viviendo ahora. No hay que entrar en pánico. Es espantoso, sí, pero por este mismo motivo debemos refugiarnos cerca de la Santísima Virgen, cerca de su Corazón Inmaculado. Éste es el mensaje de Fátima: Dios quiere dar al mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María. ¡No es para nada! Pidamos, en todas nuestras oraciones, en cada misa, esta gracia de la fidelidad, de no abandonar, cueste lo que cueste. Y que el buen Dios nos protege y nos guíe hasta el Cielo. Así sea.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.