Friday, August 06, 2010

Lo que el director de L'Osservatore Romano pierde de vista respecto de los servidores de altar



En la edición de Ago-08-2010 de L'Osservatore Romano se lee de la mano del director (énfasis añadido):

Los sombreros de los monaguillos

GIOVANNI MARIA VIAN


En estos días que son el corazón del verano, Roma se ha visto invadida por la alegría de más de cincuenta mil jóvenes -muchachas y muchachos, en grandísima mayoría de lengua alemana- reunidos en el Coetus internationalis ministrantium, que han venido a la ciudad para un encuentro que culminó en torno a Benedicto XVI. Rostros sonrientes, vestidos veraniegos y fulares de vivos colores, gorras deportivas y sombreros de paja divertidos y desenvueltos. Un acontecimiento sorprendente para muchos, sin duda importante, al que el diario italiano "La Repubblica", a menudo poco atento y en general no precisamente benévolo con la Iglesia, ha decidido significativamente dedicar tres páginas enteras. En verdad, estas jornadas son una extraordinaria fiesta católica.

Pero, ¿quiénes son estos ministrantes? Niños y muchachos normales, llenos de alegría de vivir. Los que antes se llamaban monaguillos, término tal vez menos preciso que los moldes modernos tomados del hermoso verbo latino ministrare ("servir", en este caso sobre todo litúrgicamente), pero que suena menos frío y burocrático. También en femenino, con un vocablo en realidad un poco cómico pero pronunciado por lo general con simpatía, para indicar en los últimos decenios la entrada en masa -sobre todo en los países de lengua alemana, precisamente- de las niñas y las muchachas en un papel que en otros tiempos se reservaba exclusivamente a los varones.

Este papel, en cambio, tiene hoy dimensiones más amplias porque con mayor claridad -abierto sin distinciones a niñas y niños, muchachas y muchachos, monaguillas y monaguillos- habitúa y educa en la cercanía a Cristo. Educación que nace sobre todo en la familia, pero que prosigue en la iglesia y en la Iglesia, formando y preparando para una vida realmente cristiana.

También a través del servicio litúrgico, en la escucha de la Palabra divina hecha carne en Jesús de Nazaret, Verbum Domini, y en la adoración y la contemplación de su presencia real en la Eucaristía. El Papa no se cansa de indicar, con su predicación y el ejemplo de las celebraciones que preside, la belleza y la centralidad de la liturgia, cuya renovación se debe profundizar según las líneas indicadas por el Concilio, es decir, en la continuidad vital de la tradición.

La belleza y el compromiso de este encuentro mundial de los ministrantes bajo el sol del verano muestran con evidencia -después de una larga y fría estación mediática que, sobre la base de horribles escándalos, ha tratado de oscurecer indiscriminadamente la belleza y la radicalidad del sacerdocio católico- la importancia de lo que la Iglesia ha hecho en la historia y sigue haciendo todos los días y en todas las partes del mundo por la formación de las generaciones más jóvenes. Muchachas y muchachos que educa en la cercanía y la amistad con el Señor, "amigo de los hombres", según la definición de las liturgias orientales. Como ha expresado la alegría de los miles de jóvenes que han hecho fiesta en la plaza de San Pedro, agitando sus sombreros ante Benedicto XVI.

Pero en su alabanza de las servidoras de altar, el Sr. director pierde de vista lo que dice la Sagrada Congregación para el Culto Divino en su “Carta respecto de los Servidores del Altar”, Prot. N.2451/00/L, 27 de Julio de 2001 (énfasis añadido):

De acuerdo con las antecitadas instrucciones de la Santa Sede tal autorización no puede, de ninguna manera, excluir a los hombres, o en particular a los niños, del servicio en el altar, ni requiere que los sacerdotes de la diócesis hagan uso de servidores del altar femeninos, porque “será siempre muy apropiado seguir la noble tradición de tener niños sirviendo en el altar” (Carta Circular a los Presidentes de las Conferencias Episcopales, Mar 15, 1994, no. 2). Naturalmente, permanece siempre la obligación de promover grupos de niños servidores de altar, mucho menos, por la bien conocida ayuda que, desde tiempos inmemoriales, tales iniciativas han asegurado el fomento de futuras vocaciones sacerdotales (cf. ibid.).