Thursday, December 25, 2008

Nulidades matrimoniales en Colombia, “leve aumento”



Nos parece estar leyendo una información vieja (ver aquí), pero no.

Información de radio CARACOL de Colombia, Dic-22-2008. Es de aclarar que el titular es incorrecto, ya que un matrimonio válido jamás se anula, más bien se declara la nulidad de una unión que inicialmente pareciera reunir las características de matrimonio, es decir, se declara que nunca existió matrimonio, tal como la misma nota señala al final. Para este caso, se cumple aquello que hemos dicho siempre y que parece ser la máxima de los tribunales eclesiásticos de hoy día: una nulidad no se le niega a nadie.

Iglesia Católica anuló este año 650 matrimonios en Colombia
Caracol Diciembre 22 de 2008

La Iglesia Católica anuló este año unos 650 matrimonios por las diversas causales contempladas en el Derecho Canónico, informó a Caracol Radio el presidente del Tribunal Eclesiástico Nacional, monseñor Libardo Ramírez Gómez.

Dijo que la cifra representa un leve aumento frente al registrado el año pasado y reconoció que el mayor porcentaje de casos se refiere a hechos contemplados en el Canon 1095 de la Iglesia, referente a hechos como la 'amencia' a falta de raciocinio, la falta de discresión de juicio y la incapacidad para asumir el compromiso.

Monseñor Ramírez dijo que dentro de dichas causas hay hechos aberrantes, como el homesexualismo de uno de los cónyuges, a lo que llamó como'una aberración contra natura', además de la farmacodependencia, el alcoholismo, los matrimonios por conveniencia y hasta los del señor o la señora que se casan pero quieren mantener 'una sucursal'.

Sostuvo que en un cinco por ciento de los casos se presenta el 'Complejo de Edipo', que también es una de las causales de nulidad del matrimonio. Lo señaló como el del individuo que se casa pero quiere seguir dependiendo de la mamá y queriendo trasladar la figura materna al hogar, en el que además muy fácilmente se entromete la suegra.

Monseñor Ramírez Gómez dijo que unas 220 causas fueron tramitadas por el Tribunal Eclesiástico regional de Bogotá y confirmadas en última instancia por el Tribunal Nacional. Y que entre ellas hay casos referentes al matrimonio 'por miedo', al que se ha realizado por la fuerza (los padres obligan al contrayente), el alcoholismo frencuente, el matrimonio bajo efectos del alcohol o las drogas alucinógenas y hasta la nulidad por el 'engaño manifiesto'.

Aunque no citó cifras exactas, pues es costumbre de la Iglesia no manejar las cosas como una simple estadística, monseñor Ramírez dijo que también hay matrimonios anulados por la negativa de uno de los cónyuges a cumplir una de las funciones divinas y naturales de ese sacramento, que es el de tener hijos.

El prelado afirmó que los procesos de nulidad de matrimonios los realiza la Iglesia Católica como si en realidad dicha unión nunca hubiera existido, por la absoluta incapacidad de uno o de los dos contrayentes para cumplir el mandato divino de honrar a Dios y garantizar la descendencia.



Mensaje de Navidad Urbi Et Orbi de Benedicto XVI



«Apparuit gratia Dei Salvatoris nostri omnibus hominibus» (Tt 2,11).

Queridos hermanos y hermanas, renuevo el alegre anuncio de la Natividad de Cristo con las palabras del apóstol San Pablo: Sí, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres».

Ha aparecido. Esto es lo que la Iglesia celebra hoy. La gracia de Dios, rica de bondad y de ternura, ya no está escondida, sino que «ha aparecido», se ha manifestado en la carne, ha mostrado su rostro. ¿Dónde? En Belén. ¿Cuándo? Bajo César Augusto durante el primer censo, al que se refiere también el evangelista San Lucas. Y ¿quién la revela? Un recién nacido, el Hijo de la Virgen María. En Él ha aparecido la gracia de Dios, nuestro Salvador. Por eso ese Niño se llama Jehoshua, Jesús, que significa «Dios salva».


La gracia de Dios ha aparecido. Por eso la Navidad es fiesta de luz. No una luz total, como la que inunda todo en pleno día, sino una claridad que se hace en la noche y se difunde desde un punto preciso del universo: desde la gruta de Belén, donde el Niño divino ha «venido a la luz». En realidad, es Él la luz misma que se propaga, como representan bien tantos cuadros de la Natividad. Él es la luz que, apareciendo, disipa la bruma, desplaza las tinieblas y nos permite entender el sentido y el valor de nuestra existencia y de la historia. Cada belén es una invitación simple y elocuente a abrir el corazón y la mente al misterio de la vida. Es un encuentro con la Vida inmortal, que se ha hecho mortal en la escena mística de la Navidad; una escena que podemos admirar también aquí, en esta plaza, así como en innumerables iglesias y capillas de todo el mundo, y en cada casa donde el nombre de Jesús es adorado.



La gracia de Dios ha aparecido a todos los hombres. Sí, Jesús, el rostro de Dios que salva, no se ha manifestado sólo para unos pocos, para algunos, sino para todos. Es cierto que pocas personas lo han encontrado en la humilde y destartalada demora de Belén, pero Él ha venido para todos: judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes..., todos. La gracia sobrenatural, por voluntad de Dios, está destinada a toda criatura. Pero hace falta que el ser humano la acoja, que diga su «sí» como María, para que el corazón sea iluminado por un rayo de esa luz divina. Aquella noche eran María y José los que esperaban al Verbo encarnado para acogerlo con amor, y los pastores, que velaban junto a los rebaños (cf. Lc 2,1-20). Una pequeña comunidad, pues, que acudió a adorar al Niño Jesús; una pequeña comunidad que representa a la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad. También hoy, quienes en su vida lo esperan y lo buscan, encuentran al Dios que se ha hecho nuestro hermano por amor; todos los que en su corazón tienden hacia Dios desean conocer su rostro y contribuir a la llegada de su Reino. Jesús mismo lo dice en su predicación: estos son los pobres de espíritu, los afligidos, los humildes, los hambrientos de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por la causa de la justicia (cf. Mt 5,3-10). Estos son los que reconocen en Jesús el rostro de Dios y se ponen en camino, come a los pastores de Belén, renovados en su corazón por la alegría de su amor.



Hermanos y hermanas que me escucháis, el anuncio de esperanza que constituye el corazón del mensaje de la Navidad está destinado a todos los hombres. Jesús ha nacido para todos y, como María lo ofreció en Belén a los pastores, en este día la Iglesia lo presenta a toda la humanidad, para que en cada persona y situación se sienta el poder de la gracia salvadora de Dios, la única que puede transformar el mal en bien, y cambiar el corazón del hombre y hacerlo un «oasis» de paz.



Que sientan el poder de la gracia salvadora de Dios tantas poblaciones que todavía viven en tinieblas y en sombras de muerte (cf. Lc 1,79). Que la luz divina de Belén se difunda en Tierra Santa, donde el horizonte parece volverse a oscurecer para israelíes y palestinos; se propague en Líbano, en Irak y en todo el Medio Oriente. Que haga fructificar los esfuerzos de quienes no se resignan a la lógica perversa del enfrentamiento y la violencia, y prefieren en cambio la vía del diálogo y la negociación para resolver las tensiones internas de cada País y encontrar soluciones justas y duraderas a los conflictos que afectan a la región. A esta Luz que transforma y renueva anhelan los habitantes de Zimbabwe, en África, atrapado durante demasiado tiempo por la tenaza de una crisis política y social, que desgraciadamente sigue agravándose, así como los hombres y mujeres de la República Democrática del Congo, especialmente en la atormentada región de Kivu, de Darfur, en Sudán, y de Somalia, cuyas interminables tribulaciones son una trágica consecuencia de la falta de estabilidad y de paz. Esta Luz la esperan sobre todo los niños de estos y de todos los Países en dificultad, para que se devuelva la esperanza a su porvenir.



Donde se atropella la dignidad y los derechos de la persona humana; donde los egoísmos personales o de grupo prevalecen sobre el bien común; donde se corre el riesgo de habituarse al odio fratricida y a la explotación del hombre por el hombre; donde las luchas intestinas dividen grupos y etnias y laceran la convivencia; donde el terrorismo sigue golpeando; donde falta lo necesario para vivir; donde se mira con desconfianza un futuro que se esta haciendo cada vez más incierto, incluso en las Naciones del bienestar: que en todos estos casos brille la Luz de la Navidad y anime a todos a hacer su propia parte, con espíritu de auténtica solidaridad. Si cada uno piensa sólo en sus propios intereses, el mundo se encamina a la ruina.


Queridos hermanos y hermanas, hoy «ha aparecido la gracia de Dios, el Salvador» (cf. Tt 2,11) en este mundo nuestro, con sus capacidades y sus debilidades, sus progresos y sus crisis, con sus esperanzas y sus angustias. Hoy resplandece la luz de Jesucristo, Hijo del Altísimo e hijo de la Virgen María, «Dios de Dios, Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero... que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo». Lo adoramos hoy en todos los rincones de la tierra, envuelto en pañales y acostado en un pesebre. Lo adoramos en silencio mientras Él, todavía niño, parece decirnos para nuestro consuelo: No temáis, «no hay otro Dios fuera de mí» (Is 45,22). Venid a mí, hombres y mujeres, pueblos y naciones; venid a mí, no temáis. He venido al mundo para traeros el amor del Padre, para mostraros la vía de la paz.


Vayamos, pues, hermanos. Apresurémonos como los pastores en la noche de Belén. Dios ha venido a nuestro encuentro y nos ha mostrado su rostro, rico de gracia y de misericordia. Que su venida no sea en vano. Busquemos a Jesús, dejémonos atraer por su luz que disipa la tristeza y el miedo del corazón del hombre; acerquémonos con confianza; postrémonos con humildad para adorarlo. Feliz Navidad a todos.



Augurios del Santo Padre a los Pueblos y a las Naciones con ocasión de la Santa Navidad

A los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro y a cuantos lo escuchaban através de la radio y la televisión, después del Mensaje natalicio “Urbi et Orbi” de la Logia central de la Basílica Vaticana, el Santo Padre Benedicto XVI envió el augurio natalico en 64 lenguas:

Español:
¡Feliz Navidad! Que la Paz de Cristo reine en vuestros corazones, en la familias y en todos los pueblos.







Con información de V.I.S. y Radio Vaticano. Video provisto por Clip Syndicate.