Thursday, August 07, 2008

El arte de celebrar el servicio litúrgico




Una reflexión a la luz del magisterio eclesiástico

El arte de celebrar el servicio litúrgico

Por Nicola Bux

Para celebrar el servicio litúrgico con arte, el sacerdote no debe recurrir a artificios mundanos sino enfocarse en la verdad de la Eucaristía. La Ordenación General del Misal Romano señala: “También el presbítero… cuando celebra la Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y en el modo de comportarse y de proclamar las divinas palabras, dar a conocer a los fieles la presencia viva de Cristo”. El sacerdote no inventa nada, sino que con su servicio debe hacer llegar tanto como sea posible a los ojos y a los oídos, pero también al tacto, gusto y olfato de los fieles, el Sacrificio y la Acción de Gracias de Cristo y de la Iglesia, a cuyo misterio tremendo pueden acercarse aquellos que se han purificado de los pecados. ¿Cómo podemos acercarnos a Él si no tenemos los sentimientos de Juan, el Precursor: “Es preciso que él crezca y que yo disminuya”? (Jn 3, 30). Si queremos que el Señor camine con nosotros, tenemos que recuperar esta conciencia. De lo contrario, privamos a nuestro acto de devoción de su eficacia: el efecto depende de nuestra fe y nuestro amor.

El Sacerdote no es el dueño de los Misterios

El Sacerdote es ministro, no dueño, es administrador de los misterios: los sirve y no los usa para proyectar sus propias ideas teológicas o políticas y su propia imagen, al punto que los fieles queden enfocados en él en lugar de mirar a Cristo, que está significado en el Altar, y presente sobre el Altar, y elevado en la Cruz.

Como el Santo Padre advirtió recientemente, la cultura de la imagen en el sentido del mundo, marca y condiciona también a los fieles y a los pastores. La televisión italiana, como comentario a este discurso, mostró una concelebración en la que algunos sacerdotes hablaban por teléfonos celulares.

Del modo de celebrar la Misa se pueden deducir muchas cosas: la sede del celebrante, en muchos lugares, ha descentrado a la cruz y al tabernáculo ocupando el centro de la iglesia, a veces superando en importancia al altar, terminando por parecerse a una cátedra episcopal que en las iglesias orientales está fuera del iconostasio, claramente visible hacia un lado. Esto era así también para nosotros, antes de la reforma litúrgica.

El ars celebrandi consiste en servir al Señor con amor y temor: esto es lo que se expresa con los besos al altar y a los libros litúrgicos, inclinaciones y genuflexiones, señales de la Cruz e incensaciones de la gente y de los objetos, gestos de ofrenda y de súplica, y la ostensión del Evangeliario y de la Santa Eucaristía.

Ahora, tal servicio y estilo del sacerdote celebrante, o como gustan decir, del presidente de la asamblea –término que lleva a malentender la liturgia como un acto democrático – puede verse en su preparación en la sacristía, en silencio y recogimiento para la gran acción que está por realizar; en su camino hacia el altar que debe ser humilde, no ostentoso, sin mirar a derecha y a izquierda, casi buscando el aplauso. De hecho, el primer acto es la inclinación o genuflexión delante de la cruz o el tabernáculo, en síntesis delante de la Presencia divina, seguido del beso reverente al altar y eventualmente la incensación. El segundo acto es la señal de la cruz y el sobrio saludo a los fieles. El tercero es el acto penitencial, que debe realizarse profundamente y con los ojos bajos, mientras que los fieles podrían arrodillarse como en el antiguo rito - ¿por qué no? – imitando al publicano que agradó al Señor. Las lecturas serán proclamadas como Palabra no nuestra y, por tanto, con tono claro y humilde. Así como el sacerdote, inclinado, pide que sean purificados sus labios y su corazón para anunciar dignamente el Evangelio, ¿por qué no podrían hacerlo los lectores, si no visiblemente como en el rito ambrosiano, al menos en su corazón? No se levantará la voz como en una plaza y se mantendrá un tono claro para la homilía, pero sumiso y suplicante para las oraciones, solemne si se cantan. El sacerdote se preparará inclinado para celebrar la anáfora con “espíritu humilde y corazón contrito”.

El asombro Eucarístico

Tocará los santos dones con asombro – el asombro Eucarístico del que ha hablado a menudo Juan Pablo II – y con adoración, y purificará los vasos sagrados con calma y atención, según el pedido de tantos padres y santos. Se inclinará sobre el pan y sobre el cáliz al decir las palabras de Cristo en la consagración y al invocar al Espíritu Santo para la súplica o epíclesis. Los elevará separadamente fijando la mirada en ellos en adoración, bajándolos, luego, en meditación. Se arrodillará dos veces en adoración solemne. Continuará la anáfora con recogimiento y tono orante hasta la doxología, elevando los santos dones en ofrenda al Padre. Recitará el Padrenuestro con las manos levantadas, y sin tomar de la mano a otros, porque eso es propio del rito de la paz; el sacerdote no dejará el Sacramento en el altar para dar la paz fuera del presbiterio. Fraccionará la Hostia de un modo solemne y visible, se arrodillará ante la Eucaristía y orará en silencio pidiendo ser librado de toda indignidad para no comer y beber la propia condenación, y pidiendo también ser custodiado para la vida eterna por el santísimo Cuerpo y la preciosísima Sangre de Cristo. A continuación, presentará la Hostia a los fieles para la Comunión, suplicando Domine, no sum dignus e, inclinado, será el primero en comulgar. Así dará ejemplo a los fieles.

Después de la Comunión, se hará la acción de gracias en silencio, la cual, mejor que sentados, puede hacerse de pie en señal de respeto o de rodillas, si es posible, como Juan Pablo II ha hecho hasta el final, con la cabeza inclinada y las manos juntas; esto, con el fin de pedir que el don recibido sea remedio para la vida eterna, como se dice mientras se purifican los vasos sagrados. Muchos fieles lo hacen y son un ejemplo para nosotros. El sacerdote, después del saludo y la bendición final, se dirige al altar para besarlo y eleva los ojos a la cruz, o se inclina o arrodilla frente al tabernáculo. Luego vuelve a la sacristía, recogido, sin disipar con miradas o palabras la gracia del misterio celebrado. De este modo, los fieles serán ayudados a comprender los santos signos de la liturgia, que es un asunto serio, y en el que todo tiene un sentido para el encuentro con el misterio presente.

Pablo VI, en la instrucción Eucharisticum mysterium llama la atención sobre una verdad central expuesta por Santo Tomás: “Este sacrificio, como la misma pasión de Cristo, aunque se ofrece por todos, sin embargo «no produce su efecto sino en aquellos que se unen a la pasión de Cristo por la fe y la caridad... y les aprovecha en diverso grado, según su devoción»”. La fe es una condición para la participación en el sacrificio de Cristo con todo mi ser. ¿En qué consiste la acción de los fieles, a diferencia de la del sacerdote que consagra? Ellos recuerdan, dan gracias, ofrecen y, dispuestos de modo conveniente, comulgan sacramentalmente. La expresión más intensa está en la respuesta a la invitación del sacerdote, poco antes de la anáfora: “El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de Su Nombre, para nuestro bien y el toda su santa Iglesia”.

Sin la fe y la devoción del sacerdote no hay ars celebrandi y no es favorecida la participación del fiel, sobre todo la percepción del misterio. Porque el Señor, “conoce nuestra fe y entrega” (cfr. Canon Romano) que se expresa en los gestos sagrados, las inclinaciones, las genuflexiones, las manos juntas, el estar arrodillados. La falta de devoción en la liturgia impulsa a muchos fieles a abandonarla y a dedicarse a formas de piedad secundarias, ampliando la brecha entre éstas y aquella.

Dado que la sagrada liturgia es un acto de Cristo y de la Iglesia, y no el resultado de nuestra habilidad, no prevé un éxito al cual aplaudir. La liturgia no es nuestra sino Suya.

La tradición de la Iglesia

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en la instrucción Redemptionis Sacramentum recuerda al sacerdote la promesa de la ordenación, renovada cada año en la Misa crismal, de celebrar “devotamente y con fe y devoción los misterios de Cristo para gloria de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de la Iglesia” (cfr. 31). Él está llamado a actuar en la Persona de Cristo, y, por tanto, debe imitarlo en el acto supremo de la oración y del ofrecimiento, no debe deformar la liturgia en una representación de sus ideas, ni cambiar o agregar algo arbitrariamente: “El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal” (ibíd. 11). La Misa no es propiedad del sacerdote o de la comunidad. La instrucción expone detalladamente cómo debe ser celebrada correctamente la Misa, de eso se trata el ars celebrandi: los seminaristas deben ser los primeros en aprenderlo cuidadosamente a fin de poder ponerlo en práctica como sacerdotes.

Benedicto XVI, en la Sacramentum Caritatis (38-42) trata el tema del ars celebrandi, entendido como el arte de celebrar rectamente y lo presenta como condición para la participación activa de los fieles: “El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes” (38). En la nota 116, la Propositio 25 especifica que “una auténtica acción litúrgica expresa la sacralidad del Misterio eucarístico. Ésta debería reflejarse en las palabras y las acciones del sacerdote celebrante mientras intercede ante Dios, tanto con los fieles como por ellos”. Luego, la exhortación recuerda que “El ars celebrandi ha de favorecer el sentido de lo sagrado y el uso de las formas exteriores que educan para ello, como, por ejemplo, la armonía del rito, los ornamentos litúrgicos, la decoración y el lugar sagrado” (40). Tratando del arte sagrado, llama a la unidad entre altar, crucifijo, tabernáculo, ambón y sede (41): con atención a la secuencia que revela el orden de importancia. Junto con las imágenes, también el canto debe servir para orientar la compresión y el encuentro con el misterio. El obispo y el presbítero están llamados a expresar todo esto en la liturgia, que es sagrada y divina, de manera que se manifieste verdaderamente el Credo de la Iglesia.

(©L'Osservatore Romano - 4-5 agosto 2008)



Vinculo permanente (italiano): Papa Ratzinger Blog.
Traducción al español: La Buhardilla de Jerónimo.

“DEPORTE” Y GIMNASIA


Para ponernos a tono con ocasión de los juegos olímpicos, publicamos estas esclarecidas palabras de S.S. Pío XII, a cincuenta años de su fallecimiento.




DISCURSO AL «CONGRESO ITALIANO DE EDUCACIÓN FÍSICA»



PIO XII



“DEPORTE” Y GIMNASIA



(8 Noviembre 1952)



PRINCIPIOS RELIGIOSOS Y MORALES


1. De todo corazón os damos la bienvenida, ilustres Señores, reunidos por un mismo noble ideal en la Ciudad Eterna y guiados hoy por un idéntico sentimiento filial ante Nuestra presencia para ofrecernos vuestro homenaje y al mismo tiempo para renovar en Nos al gran satisfacción que siempre sentimos al encontrarnos en medio de escogidas pléyades de especialistas en todos los ramos del saber que tienen por objeto el hombre.


2. Vuestro Congreso científico nacional, dedicado a las actividades gimnástico-deportivas, responde, sin duda, a una necesidad del tiempo presente, manifestada oportunamente por la sensibilidad de vuestra conciencia, la cual bien conoce lo que el deporte y la gimnasia significan especialmente para un pueblo moderno: cuán difundido está su ejercicio en todas las clases, cuán vivo es el interés que suscitan en todas partes, cuán importantes y múltiples son las repercusiones que de ellos se siguen así para los individuos como para la sociedad. Basta aludir a las variadísimas formas que abarca el ejercicio del deporte en toda su vasta extensión: gimnasia de salón, gimnasia escolar, ejercicios a cuerpo libre, ejercicios con instrumentos, carreras, salto, escaladas, gimnasia rítmica, marcha, equitación, esquí y demás deportes de invierno, natación, regatas, esgrima, lucha, pugilato y otras muchas aún, entre las cuales están las tan populares del fútbol y el ciclismo. El interés con que se cultiva y se sigue la actividad tan intensa bien demostrado está por la prensa. Se puede decir que ya no hay periódico alguno que no tenga su página deportiva, y que son no pocos los destinados exclusivamente a tal especialidad, aun sin hablar de las frecuentes emisiones de radio, que informan al público sobre los acontecimientos deportivos. El deporte y la gimnasia, además no se practican sólo individualmente; hay también asociaciones peculiares, concursos y fiestas, unas locales, otras nacionales o internacionales, y, finalmente, los restablecidos Juegos Olímpicos, cuyas vicisitudes se siguen con viva ansia por el mundo entero.


3. ¿Qué fin persiguen los hombres con tan amplia y difusa actividad? El uso, el desarrollo, el dominio —mediante el hombre y al servicio del hombre— de las energías encerradas en el cuerpo; la alegría que nace de ese poder y de ese obrar, no diferente a la que siente el artista cuando usa, dominándolo, su instrumento.


¿Qué se ha propuesto vuestro Congreso? Investigar y poner de manifiesto las leyes a que han de ajustarse el deporte y la gimnasia, para que consigan su fin; leyes que se toman de la anatomía, de la fisiología y de la psicología, con arreglo a los avances más recientes de la biología, de la medicina y de la psicología, según ampliamente demuestra vuestro programa.


Pero, además, habéis querido que Nos añadiésemos una palabra sobre los problemas religiosos y morales que se derivan de la actividad gimnástico-deportiva y que indicásemos las normas aptas para regular una materia tan importante.


Finalidad del deporte.


4. Aquí, como en otros casos, para proceder hacia claras y seguras conclusiones, ha de ponerse como fundamento el siguiente principio: Todo lo que sirve para la consecución de un fin determinado debe sacar su regla y su medida de aquel mismo fin. Ahora bien: el deporte y la gimnasia tienen como fin próximo educar, desarrollar y fortificar el cuerpo en su aspecto estático y dinámico, como fin más remoto, la utilización, por parte del alma, del cuerpo así preparado para el desarrollo de la vida interior o exterior de la persona; también como fin más profundo, el de contribuir a su perfección; por último, como fin supremo del hombre en general y común a toda forma de actividad humana, acercar el hombre a Dios.


Establecidos de este modo los fines del deporte y de la gimnasia, se sigue que en ellos se debe aprobar todo cuanto sirve para conseguir los fines indicados, naturalmente en el orden que les conviene; se ha de rechazar, por lo contrario, cuanto no conduce a dichos fines o se aparta de ellos o sale fuera del lugar que les está asignado.


Queriendo, ahora descender a las aplicaciones concretas de los principios enunciados, creemos oportuno considerar por separado los factores principales que intervienen en las actividades gimnástico-deportivas y que se pueden parangonar, como ya hemos indicado, y no obstante las numerosas diferencias, a los que concurren en el ejercicio del arte. En éste se debe distinguir el instrumento, el artista, el uso del instrumento, el artista, el uso del instrumento. En la gimnasia y en el deporte, el instrumento es el cuerpo viviente, el artista es el alma, que con el cuerpo forma una unidad de naturaleza, la acción es el ejercicio de la gimnasia y del deporte. Considerémoslos, por consiguiente, bajo el aspecto religioso y moral, y veamos qué enseñanzas pueden derivarse para el cuerpo, para el alma y para sus actividades en el campo gimnástico-deportivo.


El cuerpo


5. Qué es el cuerpo humano, su estructura y su forma, sus miembros y sus funciones, sus instintos y sus energías, lo enseñan luminosamente las ciencias más diversas: la anatomía, la fisiología, la psicología y la estética, por no mencionar sino las más importantes. Estas ciencias son cada día más ricas en nuevos conocimientos, y nos conducen de maravilla en maravilla, mostrándonos la admirable estructura del cuerpo y la armonía de sus partes, aun las más pequeñas, la inmanente teleología que manifiesta la mismo tiempo la rigidez en las tendencias y la amplísima capacidad en la adaptación; descubriéndonos centros de energía estática junto al impulso dinámico de la moción y del ímpetu hacia la acción; revelándonos mecanismos, por decirlo así, de una finura, de una sensibilidad, pero también de una potencialidad y de una resistencia como no se encuentran en ninguno de los más modernos aparatos de precisión. En cuanto se refiere a la estética, los genios artísticos de todos los tiempos, en la pintura y en la escultura, por más que hayan conseguido acercarse magníficamente al modelo, han reconocido —ellos mismo— el indecible hechizo de la belleza y de la vitalidad que la naturaleza ha otorgado al cuerpo humano.


6. El sentido religioso y moral reconoce y acepta todo esto. Pero va mucho más allá: enseñando a relacionarlo con su primer origen, le atribuye un carácter sagrado del que las ciencias naturales y el arte no tienen, de suyo, ninguna idea. El Rey del universo, como digna corona de la creación formó de una u otra manera, del lodo de la tierra, la obra maravillosa del cuerpo humano y le inspiró en su faz un soplo de vida, que hizo del cuerpo la habitación y el instrumento del alma, que es lo mismo que decir que con ello elevó la materia al servicio inmediato del espíritu, y con esto acercó y unió en una síntesis, difícilmente accesible a nuestra mente, el mundo espiritual y el material, no ya sólo con un lazo puramente externo, sino en la unidad de la naturaleza humana. Elevado de esta manera al honor de ser habitación del espíritu, el cuerpo humano estaba preparado para recibir la dignidad de templo mismo de Dios, con aquellas prerrogativas, incluso también superiores, que corresponden a un edificio a El consagrado. En verdad, según la palabra explícita del Apóstol, el cuerpo pertenece al señor, los cuerpos son miembros de Cristo. ¿No sabéis —exclama— que vuestros cuerpos son templos del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, que tenéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis a vosotros?… Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo1.


Muy cierto es que su presente condición de cuerpo mortal lo asocia a la ley general de los demás seres vivientes que irrefrenablemente corren hacia la descomposición. Pero la vuelta al polvo no es el destino definitivo del cuerpo humano, pues de la boca de Dios aprendemos que nuevamente será llamado a la vida —esta vez, inmortal— cuando el designio sabio y misterioso de Dios, que se desarrolla de una manera semejante a lo que acontece en los campos, tenga su cumplimiento sobre la tierra. Se siembra (el cuerpo) en corrupción, surgirá incorruptible. Se siembra en vileza, surgirá glorioso; se siembra en debilidad, surgirá robusto; se siembra en cuerpo carnal, surgirá un cuerpo espiritual2.


7. La revelación, por consiguiente, nos enseña con relación al cuerpo del hombre verdades excelsas, que las ciencias naturales y el arte son incapaces de descubrir por sí mismos, verdades que confieren al cuerpo nuevo valor y más elevada dignidad, y, por lo tanto, mayor motivo para merecer respeto. Es verdad que el deporte y la gimnasia nada tienen que temer de estos principios religiosos y morales rectamente aplicados; sin embargo, es necesario excluir algunas formas que se hallan en oposición al respeto que se acaba de indicar.


La sana doctrina enseña a respetar el cuerpo, pero no a estimarlo más de lo justo. La máxima es ésta: cuidado del cuerpo, fortalecimiento del cuerpo, sí; culto del cuerpo, divinización del cuerpo, no; como tampoco divinización de la raza y de la sangre ni de sus principios somáticos o elementos constitutivos. El cuerpo no ocupa en el hombre el primer lugar, ni el cuerpo terreno y mortal, como es ahora, ni el glorioso y espiritualizado, como será un día. Al cuerpo sacado del barro de la tierra no le corresponde la primacía en el compuesto humano, sino que le toca al espíritu, al alma espiritual.


No menos importante es otra norma fundamental contenida en otro lugar de la Escritura. En la epístola de San Pablo a los Romanos se lee, en efecto: Veo en mis miembros otra ley, que se opone a la ley de mi mente, y que me hace esclavo de la ley del pecado, la cual está en mis miembros3. No se podría describir más al vivo el cotidiano drama de que está entretejida la vida del hombre. Los instintos y la fuerza del cuerpo se hacen valer y, sofocando la voz de la razón, prevalecen sobre las energías de la buena voluntad desde el día en que su plena subordinación al espíritu quedó perdida con el pecado original.


8. En el uso y ejercicio intensivos del cuerpo ha de tenerse en cuenta este hecho. Del mismo modo que hay una gimnasia y un deporte, que con su austeridad concurren a refrenar los instintos, así hay otras formas de deporte que los despiertan, ya con una fuerza violenta, ya con las seducciones de la sensualidad. Aun desde el punto de vista estético, con el placer de la belleza, con la admiración del ritmo en el baile y en la gimnasia, el instinto puede inocular su veneno en las almas. Hay, además en el deporte y en la gimnasia, en la rítmica y en el baile, un cierto desnudismo que no es necesario ni conveniente. No sin razón, hace algunos decenios, dijo un observador del todo imparcial: «Lo que interesa a la masa en este campo no es la belleza del desnudo, sino el desnudo de la belleza». Ante semejante manera de practicar la gimnasia y el deporte, el sentido religioso y moral pone su veto.


En una palabra: el deporte y la gimnasia no deben mandar y dominar, sino servir y ayudar. Es su oficio, y en ello encuentran su justificación.


El alma


9. En realidad, ¿de qué serviría el uso y el desarrollo del cuerpo, de sus energías, de su belleza, si no estuviera al servicio de algo más noble y duradero como es el alma? El deporte que no está al servicio del alma no será sino un vano agitarse de miembros, una ostentación de caduca hermosura, un efímero placer. En el gran discurso de Cafarnaum, queriendo arrancar a sus oyentes de sus bajos sentimientos materialistas y elevarles a una concepción más espiritual, Jesucristo formuló un principio general: El espíritu es el que vivifica; la carne de nada aprovecha4. Estas palabras divinas que encierran una máxima fundamental de la vida cristiana, valen también para el juego y el deporte. El alma es el factor determinante y definitivo de toda operación externa, de la misma manera que no es el violín el que determina el desprendimiento de las melodías, sino la pulsación genial del artista, sin la cual el instrumento, aun el más perfecto, quedaría mudo. De esta misma suerte, el factor principal y determinante de los ritmos armónicos de los miembros en la gimnasia, de los movimientos ágiles y calculados en los juegos, de los fuertes estrujones de los músculos en la lucha, no es el cuerpo, sino el alma; si ésta lo dejara, aquel caería como cualquier otra masa inerte. Esto es tanto más verdad cuento más estrecho es el lazo que los une: en el hombre es unión de sustancia, en virtud de la cual ambos constituyen una sola naturaleza, bien distinta de la relación de asociación que existe entre el artista y su violín. En el deporte y en la gimnasia, pues, como en el toque del artista, el elemento principal, dominante, es el espíritu, el alma; no el instrumento, el cuerpo.


10. Fundada en tales principios, la conciencia religiosa y moral exige que en la apreciación del deporte y de la gimnasia, en el juicio sobre la persona de los atletas, en el tributar admiración a sus actuaciones, se tenga como criterio fundamental la consideración de esta jerarquía de valores, de forma que no se aprecie más a quien posee músculos más ágiles y fuertes, sino a quien demuestra también más fácil capacidad para someterlos al imperio del espíritu.


Una segunda exigencia del orden religioso y moral, fundada en la misma escala de valores, prohíbe, en caso de conflicto, sacrificar a favor del cuerpo los intereses intangibles del alma. Verdad y probidad, amor, justicia y equidad, integridad moral y pudor natural, obligado cuidado de la vida y de la salud, de la familia y de la profesión, del buen nombre y del honor verdadero, no deben quedar subordinados a la actividad deportiva, a sus victorias y a sus glorias. Como en otras artes y oficios, así también en el deporte es una ley inmutable que el éxito feliz no es una segura garantía de su rectitud moral.


Una tercera exigencia se refiere al grado de importancia que corresponde al deporte en el conjunto de las actividades humanas. Ya no se trata aquí, por lo tanto, de considerar y valorar el cuerpo y el alma dentro de los límites del deporte y de la gimnasia, sino de colocar estos últimos en el muchos más amplio marco de la vida y de examinar entonces qué valor hay que reconocerles. Bajo la guía de la recta razón natural y, mucho mejor, de la conciencia cristiana, cada uno puede llegar a la norma cierta de que el entrenamiento y el dominio del cuerpo ejercidos por el alma, la alegría por la conciencia de la energía que se posee y por las actuaciones deportivas llevadas a feliz término no son el único ni el principal elemento de la acción humana. Son ayudas y accesorios ciertamente dignos de estima; pero no indispensables valores vitales, ni absolutas necesidades morales. Elevar la gimnasia, el deporte, la rítmica con todos sus anejos, a objeto supremo de la vida, sería en verdad demasiado poco para el hombre, cuya primaria grandeza la forman aspiraciones, tendencias y dotes mucho más elevadas.


Y por ello es deber de todos los deportistas el conservar esta recta concepción del deporte, no ya para turbar o disminuir la alegría que sacan de él sino para preservarles del peligro de descuidar deberes más altos que atañen a su dignidad y al respeto hacia Dios y hacia sí mismos.



11. No queremos terminar esta consideración sin dirigir una palabra a una particular categoría de personas, cuyo número se ha aumentado por desgracia después de las dos despiadadas guerras que han afligido al mundo; a aquellos, es decir, a quienes defectos físicos o psíquicos hacen inhábiles para la gimnasia y para el deporte, y los cuales, por lo tanto, con frecuencia, singularmente los más jóvenes, sufren amargamente. Mientras hacemos votos por que el antiguo adagio «Mens sana in corpore sano» cada vez más ampliamente sea la divisa de la presente generación, es deber de todos el detenerse con particular y compasiva atención en aquellos casos en los que la suerte terrenal es diversa. Con todo, la dignidad humana, el deber y su cumplimiento no están ligados a aquel aforismo. Numerosos son los ejemplos que presenta la vida de todos los días, además de los diseminados a lo largo del curso de la historia, que demuestran cómo nada prohíbe el que un cuerpo enfermo, mutilado, pueda albergar un alma sana, a veces grande, hasta genial y heroica. Todo hombre, por enfermo que esté y por lo mismo inepto para cualquier deporte es, sin embargo, un verdadero hombre que cumple, aun sus defectos físicos, un particular y misterioso designio de Dios. Si él abraza resignado esta dolorosa misión cumpliendo la voluntad del Señor y llevado por ella, estará en disposición de recorrer con mayor seguridad el camino de la vida, trazado para él sobre sendero pedregoso y cubierto de espinas, entre las cuales no es la última la obligada renuncia a los goces del deporte. Será su particular título de nobleza y magnanimidad el dejar sin envidia que los demás gocen de su fuerza física y de sus miembros, y aun el participar generosamente en su alegría, como, por otra parte, en fraternal y cristiana correspondencia, las personas sanas y robustas deben ejercitar y demostrar al enfermo una comprensión íntima y un corazón benévolo. El enfermo lleva el peso de los demás, y éstos, que en la mayoría de los casos, si no en todos, tienen no sólo los miembros sanos, sino también —no lo dudamos— su cruz, gocen en poner sus energías al servicio del hermano enfermo. Llevad los unos las cargas de los otros, y así cumpliréis la Ley de Cristo5. Y si un miembro sufre, juntamente sufren todos los miembros; si un miembro es honrado, gózanse juntamente todos los miembros6.


La práctica del deporte


12. Queda por decir una palabra en torno a la práctica del deporte, esto es, acerca de los medios concretos para que vuestra actividad consiga los objetivos, mantenga los valores, destierre los abusos que ya hemos indicado.


Todo cuanto corresponde al aspecto higiénico y técnico, las exigencias derivadas de la anatomía, de la fisiología, de la psicología y de las demás ciencias especiales biológicas o médicas, entran dentro de vuestra competencia y han sido objeto de vuestras profundas discusiones.


Para cuanto, en cambio, se refiere al punto de vista religioso y moral, el principio de la finalidad, ya expuesto al principio, os da la clave para la solución de los problemas que podrán surgir en el foro de vuestra conciencia. Pero en la actividad ordinaria os basta acordaros de que toda acción (u omisión) humana cae bajo las prescripciones de la ley natural, de los preceptos positivos de Dios y de la competente autoridad humana: triple ley que en realidad es una sola, la voluntad divina manifestada en diversas maneras. El señor respondió brevemente al joven rico del Evangelio: Si quieres llegar a la vida, guarda los mandamientos. Y ante la nueva pregunta ¿Cuáles?, el Redentor lo remitió a las bien conocidas prescripciones del Decálogo7. Así se puede también decir aquí: ¿Queréis actuar rectamente en la gimnasia y en los deportes? Guardad los mandamientos.


13. Ante todo dad a Dios el honor que le es debido, y, sobre todo, santificad el día del Señor, puesto que el deporte no exime de los deberes religiosos. Yo soy el Señor tu Dios —decía el Altísimo en el Decálogo— Tú no tendrás otro Dios ante Mí8, esto es, ni siquiera el propio cuerpo en los ejercicios físicos y en el deporte: sería casi una vuelta al paganismo. Igualmente el cuarto mandamiento9, expresión y tutela de la armonía establecida por Dios en el seno de la familia, recuerda la fidelidad a las obligaciones familiares, que deben anteponerse a las supuestas exigencias del deporte y de las sociedades deportivas.


Con los mandamientos divinos queda, además, protegida la vida propia y la ajena, la salud propia y la de los demás, que no es lícito exponer inconsideradamente a peligro grave con la gimnasia y el deporte10.


14. De aquellos mandamientos reciben fuerza también aquellas leyes, ya conocidas por los atletas del paganismo, que los auténticos deportistas mantienen justamente como leyes inviolables en el juego y en los campeonatos, y que son otros tantos puntos de honor: franqueza, lealtad, caballerosidad, en virtud de las cuales rehuyen, como una tacha infamante, el empleo de la astucia y del engaño, el buen nombre y el honor del adversario les es tan querido y respetado como el suyo propio.


Y así cualquier lucha física se convierte casi en una ascesis de virtudes humanas y cristianas; es más, en tal debe convertirse y ser tal, por muy penoso que sea el esfuerzo exigido, a fin de que el ejercicio del deporte se supere a sí mismo, consiga uno de sus objetivos morales y sea preservado de desviaciones materialistas que rebajarían su valor y nobleza.


He aquí resumido lo que significa la fórmula: ¿ Queréis actuar rectamente en la gimnasia, en el juego, en el deporte? Guardad los mandamientos en su sentido objetivo, simple y preciso.


Creemos que os hemos expuesto lo esencial de cuanto la religión y la moral tienen que decir sobre el tema general de vuestro Congreso: «La edad del crecimiento y la actividad física». Cuando se respeta cuidadosamente el contenido religioso y moral del deporte, éste queda llamado a inyectarse en la vida del hombre como un elemento de equilibrio, de armonía y de perfección, y como un poderoso auxilio para el cumplimiento de los demás deberes suyos.


Poned, pues, vuestro gozo en el correcto ejercicio de la gimnasia y del deporte. Llevad también aun al pueblo su benéfica corriente, para que cada día florezca más la salud física y psíquica y se vigoricen los cuerpos al servicio del espíritu; sobre todas las cosas, finalmente, no olvidéis, en medio de la frenética y embriagadora actividad gimnástico-deportiva, aquello que más vale en la vida: el alma, la conciencia, y, en la cumbre suprema, Dios.


Formulando el deseo de que la Providencia, con su gracia, proteja, ennoblezca y santifique el deporte y sus actuaciones, os damos de corazón, en prenda de Nuestra paternal benevolencia, la Bendición Apostólica.








1 1 Cor. 6, 13. 15. 19. 20.



2 1 Cor. 15, 42-43


3 Rom. 7, 23


4 Io. 6, 64.


5 Gal. 1, 6.


6 1 Cor. 12, 26.


7 Mat. 19, 17-20


8 Ex. 20 2-3.


9 Ib. 12.


10 Ib. 13.