
Con el título “Mejor que los lefebvrianos acepten el acuerdo con Roma (para salvar a Roma)”, el diario Il Foglio, Ene-27-2012, pág 02, publicó una columna de opinión escrita por Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro (copia facsimilar en la imágen); seguidamete transcribimos una traducción al español suministrada por Panorama Católico Internacional, Feb-01-2012.
Mejor que los lefebvrianos acepten el acuerdo con Roma (para salvar a Roma)
¿Habrá o no habrá acuerdo? El diálogo entre la Santa Sede y la Fraternidad San Pío X fundada por Mons. Marcel Lefebvre, ha entrado en una etapa decisiva. El resultado de este diálogo es, por sobre todo, la gran preocupación del Papa Benedicto, que lo ha animado y nutrido, es también una gran preocupación de los sacerdotes, religiosos y fieles laicos que están con la Fraternidad. Y es de gran preocupación para todos los de esa vasta parte del mundo católico que no está con la FSSPX, pero que ve se ubica en la Tradición. Por razones diferentes, el catolicismo progresista y el mundo secular están observándolo también con gran atención y cierto nerviosismo.
En otras palabras: el partido que está siendo jugado es importante y difícil, pero el acuerdo no es imposible. Demasiada resistencia podría llevar las cosas demasiado lejos, sin embargo, si se considera que, cuando se discuten cuestiones doctrinales, se lo hace por medios diplomáticos, y también porque la situación canónica de la Fraternidad está en entredicho. Nos movemos aquí en un terreno confuso donde lo fundamental es la distinción de niveles, un proceso que objetivamente, no es siempre tan fácil de realizar.
Este es el terreno tembloroso sobre el cual el caso se mueve. Si se es capaz de entender la desorientación de Roma con respecto a las hesitaciones de la FSSPX, se podrá también entender la perplejidad de la Fraternidad cuando se queja de que Roma les pide algo que no le ha pedido a ningún otro para concederles una condición eclesiástica tan poco clara como la denominada “comunión plena”.
En este punto, ninguna de las dos partes puede esperar que la otra pague el precio impagable: por un lado, Roma no puede pedir a la Fraternidad San Pío X que desconozca su identidad; por otra, los lefebvrianos no pueden esperar que Roma quede malparada con una rendición incondicional y un final de cuento de hadas de regreso a un mundo católico que es, objetivamente, una suma de muchos contrastes.
El éxito de las conversaciones requiere una capacidad consciente de aparejar la fe y el realismo. Por un lado, una visión sobrenatural: la convicción de que la Iglesia está en Roma, a pesar de que atraviesa la más grave crisis de Su historia; por otra parte, el estrecho camino del realismo, que apunta a darle a la Fraternidad San Pío X la posibilidad de realizar “la experiencia de la Tradición” conforme a la fórmula acuñada por Mons. Marcel Lefebvre mismo.
Aun si parece fuera de proporción, la mayor parte de la responsabilidad está del lado de los herederos de Lefebvre. En la historia de la Iglesia, la figura del enano sobre los hombros del gigante resulta recurrente. Es una tarea que, además del rigor doctrinal y moral, requiere humildad y caridad, y la comprensión de que se ayuda a Roma permaneciendo con Roma. Pero según el tiempo pasa, es mayor el riesgo de pensar que solamente existe una alternativa entre ambos caminos; la que sirena invita a no resolver porque las condiciones de la Iglesia son demasiado graves; y la sirena que invita a una resolución sin discusión, porque “al final” todo se va a solucionar. En el sentido más profundo, ningún camino sienta bien a una institución como la Fraternidad San Pío X, que ha nacido como resultado de una incuestionable crisis que golpeó a la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Además de las dos alternativas mencionadas antes, hay una tercera y en este caso es la siguiente: la cuestión debe ser resuelta lo más pronto que sea.
En esta empresa, la Fraternidad San Pío X no puede ser dejada sola ante tan grave responsabilidad. El Papa Benedicto XVI es el garante de esto. No puede ser negado que este papa ha caracterizado su pontificado por devolver a la Misa Gregoriana sus fueros, por revocar las excomuniones a los obispos de la FSSPX y por iniciar discusiones doctrinales sobre temas candentes. Estas son las condiciones requeridas por los herederos de Mons. Lefebvre. Este hecho no puede ser ignorado por la FSSPX ni por los negociadores que la representan en Roma. Estos últimos están convencidos de que hay más catolicismo en la comunidad lefebvriana (aunque permanezca en situación canónica irregular) que en muchas de las comunidades regulares del mundo católico. Ha llegado el tiempo de poner fin a esta paradoja, mediante un acto de buena voluntad acompañado de sentido común. Por ambas partes.
Alessandro Gnocchi y Mario Palmaro

